Bob T. Morrison
bobmorrison@terra.es
MANZANOS
Desde el mar, el pueblo enclavado en la
bahía, se asemeja a la pechuga hinchada de una paloma. Las casas son blancas,
de techo rojizo y persianas verdes, edificadas en el desnivel del terreno.
Sobresale un baluarte, el campanario de la iglesia y, un poco alejado, el
faro. El cielo es muy azul y, cuando el viento frío sopla a rachas, el agua
se espachurra contra las rocas formando rizos blancos. Hace
tres años vine a vivir aquí: no tenía muchas opciones. En la ciudad —vivía en
un pequeño piso— las cosas me iban de mal en peor: me quedé sin trabajo,
empecé a beber, mi mujer se marchó y los bancos me apremiaban. Vendí todo lo
que pude y una noche cogí mis cosas, las metí en el auto y conduje hasta el
amanecer. No importaba donde llegase. Quería alejarme de toda aquella mierda.
Tomé la autovía y me desvié hacia el interior, entré en la autopista, cogí
varias carreteras nacionales y, después de conducir cincuenta kilómetros de
curvas, llegué hasta aquí. El
bar La Habana está situado en una cuesta empinada, en la parte antigua del
pueblo. Es un local coqueto, con mesas cuadradas y sillas de madera, con el
asiento de paja entrecruzada; al fondo, una pequeña barra de madera con dos o
tres taburetes. Hay música (a menudo se escucha a Mildred Bailey o John Lee
Hoker o Billie Holiday ) y la luz es matizada. Con frecuencia entro a tomar
café. Antes solía pedir cerveza o vino o coñac; ahora tomo cosas sin alcohol.
La camarera —Paula— siempre está detrás del mostrador. Es una chica joven, de
unos treinta y cinco años, con el rostro pecoso, la piel muy blanca y el pelo
cobrizo, peinado con un moño,
que deja caer un bucle por su mejilla derecha. Sus ojos son grandes y negros
como los de un gato en plena noche. Viste una camisa crema y una corbata
anudada a lo windsor, con un chaleco y pantalones negros. Al
llegar, me hospedé en la pensión de una tal Lola. Dormí dos días y dos
noches, sin exagerar. El cuarto era sencillo, sin baño, mal empapelado y con
una cama de cinco palmos. La ventana daba a una calle pequeña y adoquinada,
de paredes blancas, con macetas suspendidas y farolas de hierro forjado. Encontré
trabajo. Bueno, en realidad fue Paula quién lo encontró. Me presentó a un
tipo gordo y fofo, de cara redonda, una única ceja y mal afeitado. Tenia los
labios carnosos y escupía al hablar. Dijo que era del ayuntamiento y estaba
enterado de mi posición, y... ya se sabe, los amigos de Paula eran sus
amigos, que parecía un buen tipo y que, algunas veces, la vida nos da de
bofetadas pero hay que aguantar. Siempre hay alguien que al final te echa una
mano; ese alguien era él, por supuesto. El tipo continuó hablando: los
jóvenes se marchaban en busca de oportunidades sin valorar nada; ni siquiera
su propia tierra, porqué trabajo había, lo que ocurre es que todos son unos
vagos y quieren que se les pague a cambio de nada. Paula
me sirvió una limonada con hielo picado. Él tomó una cerveza; bebió a morro,
cogiendo la botella por el cuello. Me ofreció un cigarrillo y me acercó la
cerilla. La apagó de un soplo. —En
mis tiempos era otra cosa —decía, golpeando el botellín en el mostrador—
Ahora son unos niñatos de mierda que se pasan la vida lamentándose. A ostias
los haría trabajar —y me golpeaba en el hombro. Conversamos durante
una hora, aproximadamente. No sé cuantas patrañas me contó; no recuerdo. Los
tíos que van de buenos samaritanos me dan mala espina y, al principio no me
fiaba mucho. En conclusión: la
faena se trataba de ir de aquí para allá, algunas veces haciendo de cartero,
otras revisando los contadores del gas o vaciar las papeleras o llevar
impresos. En una palabra: el chico de los recados. El gordo tenia razón:
no era un mal sueldo aunque tampoco era para descorchar una botella de
champan. Me facilitaron una
vivienda, sin pretensiones. Por un módico precio, en las afueras del pueblo,
en una especie de urbanización, alquilé una casa adosada, con jardín cerrado
por pequeños setos. El césped estaba hecho un asco y había un esmirriado
manzano, de copa ancha, con una docena de hojas dentadas y la corteza grisácea,
con las vocales A y P, encerradas en
un corazón atravesado por una flecha, hendido en el tronco. El lugar no es feo:
hay un supermercado, un kiosco, una pequeña estafeta de correos, un gimnasio,
una librería y, hasta una piscina comunitaria. Por el tipo de los
periódicos, me enteré de que Paula es viuda y, de que su hijo, que vivía en
no sé dónde, falleció de SIDA. —Desde
entonces —se llevó el índice a la sien— la azotea se desmorona. Se
acercó, como si fuera a contarme un secreto. Dijo que, una semana
antes de instalarme, Paula —a menudo la llamaba la habanera— sacó montones de
cosas al jardín. Había ropa, mucha ropa de hombre, y libros y papeles y un
butacón y una estantería y montones de latas de cerveza. Echó gasolina y
prendió una cerilla. —Debía de haberlo
visto —dijo, dando una palmada al aire. Mordió el Faria—. Todos corriendo de
un lado a otro, acarreando cubos. Esbozó una sonrisa y
puso en orden la hilera de revistas. Meneó la cabeza. —Hasta que vino...
—chasqueó los dedos— ¿cómo se llama?, vive cerca de usted... el padre de las
gemelas... Dije que sí; sabía de
quién me hablaba. Mentía. —Como le decía, sale
con el extintor, uno de esos grandes y rojos, y empieza a rociar por todos
lados —el puro baila en la comisura de los labios—; ella lo ve y se lanza
encima de él y empieza a golpearle. ¡Ja! Abro el periódico y
leo los titulares. —Vino la policía.
Joder. Eran tres y no podían con ella. Paula pataleaba y chillaba. Le pego un
bocado a uno. Tuvieron que venir los guardas de la piscina. Eché
un vistazo al reloj y me desembaracé de él. No le hice mucho caso al asunto. Un día, casualmente,
Paula y yo nos encontramos en la cola de la carnicería y, sin venir a cuento,
me invitó a tomar café. Hacía tiempo que no nos veíamos. No éramos dos
extraños, pero tampoco nos conocíamos demasiado como para entrar en cháchara. Dos
días después, una tarde, hacía las cinco, pulsé el timbre de su puerta. Me
tendió la mano —sus dedos eran largos y huesudos— y sonrió, enseñándome una
perfecta hilera de dientes blancos. Pasamos por un pasillo, con cuadros a
ambos lados —andaba con estilo, poniendo un pie delante de otro y marcando
las nalgas en la tela del vestido— hasta la sala. Un mueble, con libros en
los estantes, abarcaba toda la pared; tenía dos vitrinas a rebosar de
cachivaches y, en la parte superior, media docena de platos decorativos,
esmaltados, apoyados en un pequeño soporte de madera, representando diversos
animales monstruosos. Llamaba la atención uno que representaba a una
serpiente, de dos cabezas, con el cuerpo repleto de escamas verdes, en
actitud amenazadora. En la esquina había un equipo estéreo y dos torres de
compactos, y, a ras de suelo, un estante con discos. Un sofá curvo, de piel
blanca, ocupaba parte de la otra pared. Nos sentamos ante una mesa baja, de
metacrilato. Hablamos
de lo bonito que era vivir allí, la tranquilidad del pueblo, del clima y de
las ráfagas constantes de viento, las colinas que podían verse a través de
sus ventanales, el atractivo de la piscina, la distribución de la casa, el
trabajo que da tener un jardín mínimamente decente etc... me abstuve de sacar
el asunto de la quema. . Ella
hablaba y hablaba y yo asentía, como mucho, decía una o dos frases; y
sobretodo sonreía. La
casa había sufrido importantes modificaciones y tenia un aspecto más grande y
luminoso que la mía y, por supuesto, más limpia. Había derribado tabiques,
construido una pequeña galería (donde antes estaba la habitación de los
trastos), rebajado el techo e instalado altillos y, erigido un pequeño
porche. Todo eso me lo dijo sentada, con las rodillas muy juntas y las
piernas ligeramente ladeadas, como si aquello pudiera importarme algo.
Después, fue a la cocina y trajo una bandeja, con dos tazas y sendos platos,
el azucarero y el recipiente de la leche; a juego. Lo dejó sobre la mesa.
Entonces sonó el teléfono: esbozó una amplia sonrisa a modo de disculpa. Se
dirigió al aparato —estaba sobre una rinconera al lado de los compactos—, y
contestó, con la mano ahuecada en el auricular, ocultando los labios. Apenas escuché
algo que no fuera un murmullo. No me puse azúcar, pero removí el café con la
cucharilla. Luego
volvió a sentarse a mi lado, más cerca, y se miró las uñas, atentamente. —Necesito
tu manzano —dijo, sin apartar la vista de sus dedos. Me
quedé en silencio. Ella movió los párpados, esperando una respuesta. —¿Cómo
dices? —Tu
manzano —me miró fijamente con los labios prietos— quiero tu manzano
—repitió, con voz aniñada—. Deseo plantarlo en mi jardín. —¿Es
una broma? —di un sorbo. El café estaba frío. —Alex
—titubeó— mi difunto marido, amaba ese manzano. Se quedaba horas y horas
mirándolo, como si en este mundo, no tuviera nada mejor que hacer. Amaba ese
jodido árbol más que a mí. Sacó
la cucharilla de la taza, la dejó en el plato y bebió a sorbos, muy seguidos.
Llevaba un aro de plata en el meñique. —Me
decía —continuó— que el árbol era el símbolo de nuestro amor, la semilla
anterior a nuestro conocimiento, el principio en la tierra de la nada —tragó
saliva y la nuez recorrió su cuello—. No lo puedes entender... Alex... se
excitaba... y... —¿Estás hablando en
serio? —empezaba a ponerme incómodo aquella estúpida conversación. —Eres como todos los
hombres. Preguntas, preguntas y más preguntas. Quiero una respuesta concreta:
sí o no. Pasó la lengua por los
labios; dejó la taza en el plato y se plisó la falda. Evitaba mirarme a la
cara con los ojos humedecidos. —No —respondí,
bruscamente. —¡Por favor! Te
prometo cuidarlo. Por la memoria de mi difunto marido... te lo ruego... haré
lo que tú quieras —y se acercó hasta tocar su rodilla con la mía—. Me lo
debes —cuchicheó. Negué con la cabeza y
la expresión de su cara cambió radicalmente. Por un momento pensé que iba a
abofetearme; se levantó, sacó un pañuelo, se frotó las aletas de la nariz y,
con voz afligida, me pidió que me marchara. —Esto no ha terminado
—escuché, al cerrar la puerta. Paseé hasta un
pequeño mirador desde donde se veía todo el pueblo; el mar estaba en calma y
revoloteaban algunas gaviotas alrededor de una boya naranja. Me quedé
pensando en Paula y su oferta por el manzano. No sabía porque se lo negué.
Podría habérselo dado, al fin y al cabo, el manzano me importaba un cuerno; y
ella estaba dispuesta a todo para conseguirlo. Al volver, pasé por
la charcutería y compré jamón, mortadela y salamí. También compré pan y
coca-colas. Oscurece rápido; el crepúsculo apenas existe. La brisa empieza a
soplar. Después de cenar he
subido al dormitorio. El cuarto no es gran cosa, pero tiene una cama grande y
mullida. Desde la ventana veo el jardín, la piscina, la vieja carretera y,
algunas parcelas en construcción. No diviso ni las colinas, ni la parte
antigua del pueblo, ni el mar. Supongo que, desde la habitación de Paula, sí.
Me hubiese metido en la cama con ella, por el simple placer de ver algo hermoso
al levantarme. Siempre me despierto
a medianoche. Voy a mear, bebo agua, fumo un cigarrillo, cierro la ventana y
me vuelvo a la cama. Es una costumbre. Algunas veces salgo al jardín; no
muchas. Iba a bajar la
persiana cuando la he visto: acurrucada entre los setos, con un camisón rosa
pálido, y el pelo anudado al cogote, atisba arriba y abajo de la acera. Ha
entrado en el parterre, a gatas, descalza, sosteniendo un objeto en su mano
derecha, y se ha quedado junto al árbol, mirándolo, con una rodilla hincada
en la tierra. Se levanta y respira, profundamente. Acaricia la corteza y, de
pronto, me doy cuenta. Es una noche clara.
Coge el astil con fuerza y golpea. Una, dos, tres, veces. Y continua. Las
astillas saltan a su alrededor. Cuatro, cinco, seis. Cuando vuelvo a la
cama, la savia resbala por las estrías. |