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Waldo López México El mago de lo eterno El alba que nace anuncia el soliloquio de una
nueva esperanza, renovada en el atrio de los antiguos adoradores
del relámpago. El tiempo en sus vueltas disparado al infinito no conoce la renovación de la tristeza ni la tregua al vandalismo amoroso que se
escurre en las alcantarillas del universo, de cuya alma de fuego se desprenden las lenguas que lamen la orilla de lo eterno. Prestos a colocar el nuevo calendario, de
propósitos opulentos sus matices y adoquinada la carrera presurosa de la
corriente donde arderán los juglares del futuro. ¿Cuánto más, con la mirada en las estrellas y
juntas las palmas de las manos, esperaremos lo
imposible en la impasible vida que se desmuere? Sin cantos gregorianos ni absurdas penitencias por el pasillo que conduce a los sueños pasa efímero el perfil de un algo transparente arrastrando su desvanecido alo blanco, que se evapora al soplido de los huesos
despostillados. Tras el sueño que nos desgasta la memoria el tiempo parirá un nuevo día, reconquistaremos, con la aguja hallada en el
pajar las horas que navegan indiferentes en un propósito
desconocido, pincharemos a la luna y nos bañaremos en un río
de luz. Tras la última sonrisa ataviada con lentejuela
de rocío, la mañana despierta en su incorpórea majestad yo emprendo un viaje en un espíritu de salmón, no es adelante ni hacia atrás ni abajo o hacia arriba es un viaje que gira en todas direcciones libre al fin de fantasmas adquiridos a
granel. Desde una flor o desde otro sol este mundo no
es tan interesante ni se escatiman bagatelas en torno a lo imposible, el aire, el olvido, las caricias y las
predicciones son objetos coleccionables del gran mago de lo
eterno de cuya túnica solo vemos brillas las estrellas
por la noche |