Bob T. Morrison
bobmorrison@terra.es
JEFESe llamaba Gerardo, pero
respondía al nombre de Gerard o Geralt, con un deje muy suave. Había nacido
en no sé que pueblo de la sierra. Hablaba mucho de caza. Demasiado. Yo le
llamaba Jefe, en parte, porque no estaba para tonterías de aldeanos y gilipolleces
sobre los orígenes de la tierra y, en parte, porque era así: era el jefe de
personal de la factoría. Nadie importante; ni siquiera bien pagado. Era un
tipo que le gustaba joder a los demás, aunque sabía hacerse el amable cuando
quería. Pienso que, fue en un lapso de cortesía, cuando acepté. El otro
declinó la invitación y puso como excusa a su novia. Continuó engrasando la
máquina y silbando, una y otra vez, la misma melodía. A
mediados de semana acordamos el encuentro: pasaría por su casa el sábado, tan
pronto como amaneciera. Cogeríamos su coche y nos turnaríamos para conducir.
El último tramo lo haría él, habían dos o tres cruces muy parecidos y algo
enrevesados que eran fáciles de confundir. Estuve de acuerdo. El
día en cuestión amaneció nublado y frío. Me puse unos téjanos, camisa y
cazadora. Calzaba botas de cuero. Cogí un jersey, por si acaso. A la hora
convenida llamé al timbre. Abrió él mismo. La mujer estaba aún durmiendo. Me
tomé un café y comí un bollo. Nos metimos en el en
el Simca: era viejo pero el motor sonaba impecable. El Jefe desplegó un mapa
y lo apoyó en las rodillas. Salimos de la ciudad sin problemas y tomé la
autopista. Él
hablaba de caza. Tuve la sensación de que no sabía hablar de nada más. Caza y
tiempo. No lo sacabas de esas dos cosas. Me contó un montón de formas de
hostigar a los conejos, cervatillos y otros bichos. Le dije que no pensaba
llevarme a casa ninguna pieza, que no estaba para despellejar a un animal en
la cocina y salpicar las baldosas de sangre. Además, estas cosas me dan mucho
asco. Sonrió
y me miró por encima de las gafas. Consultó el plano. Se frotó con fuerza el
hueso de la nariz y cerró los ojos, como si realmente estuviese pensando en
solucionar algún problema. Puso la radio y buscó una emisora de deportes.
Escuchamos con atención —a mí me importaba un bledo— la clasificación de la
liga de fútbol y la lista de goleadores. El locutor se aplicó a fondo con los
árbitros. Gerard —o Geralt o como coño que le gustase que le llamasen— movió
el dial arriba y abajo hasta que, por los altavoces, escuchamos una voz
ronca, contando la porquería de boxeador que es Mike Tyson. Otro tertuliano,
recordó con cariño, el combate de Kinshasa. Nos
salimos en el quinto desvío y conduje durante dos horas, bordeando la
costa. Nos detuvimos a comer.
Aparqué junto a un enorme camión de dieciséis ruedas. El local estaba
atestado y las camareras iban como locas, perseguidas por el constante
vocerío. Pedimos un bocadillo en la barra y nos sentamos en unos
destartalados taburetes de madera. Tomamos café y coñac. Continué
al volante, por la nacional que llevaba al interior. Cruzamos diversos
pueblos. La carretera se estrechaba por momentos y las curvas eran continuas. El
Jefe estaba callado, escudriñando el mapa con su índice. Yo escuchaba la
tertulia. Una voz indefinida se alzó en contra de los combates. Del
verde oscuro de los pastizales pasamos a terrenos abruptos, grises, sin un árbol;
luego se tornaron arcillosos y ocres y, más tarde, volvió el verde de los
prados, con ganado mugiendo y casas valladas en el horizonte. Perdimos la
emisora. El Jefe manoseó de nuevo el dial. Encontró música de los 40. Me
invitó a un cigarrillo. A los pocos kilómetros nos cambiamos de asiento. Refrescó.
Subimos las ventanillas. La carretera estaba en mal estado y el Jefe, sin
acierto, trataba de evitar los socavones. Dijo que era un atajo, que habían
abierto un nuevo camino pero estaba muy lejos y daba un rodeo por no sé
dónde. Luego me habló de armas. La
casa era grande, de ladrillo, con cortinas en las ventanas. El jefe hizo
sonar el claxon y un tipo menudo, con un chaleco de pana y la gorra calada
hasta las cejas, nos abrió la verja. Aparcamos cerca de una camioneta, de
color blanco, con la parte trasera al descubierto. Era de suspensión alta y
neumáticos gruesos, con faros halógenos en el guardabarros y tres potentes
focos sobre la cabina. El sobrino llegó de
inmediato y entramos. El recibidor era exageradamente grande, sobrecargado de
cuadros y trofeos. Se oía música. El tipo de la gorra se despidió: tenia el
rostro rojo y los dientes feísimos. Sobre un arcón había tres escopetas —de
ánima rayada, según dijo— y dos pistolas. Eran las seis. Nos sentamos en una
mesa, larga, y el sobrino sacó jamón y aguardiente. Apenas dimos bocado pero
fuimos a la bodega un montón de veces. Bebimos mucho; demasiado. Empezamos a
reír por cualquier cosa, un eructo por ejemplo. Realmente nos volvimos locos. Cuando salimos,
tambaleándonos, era de noche y apenas había estrellas y se escuchaban grillos
y chicharras y algún que otro búho.
—Una gran noche para
cazar —grito el sobrino, rebuscando en los bolsillos. Antes de llegar a la
camioneta, el Jefe vomitó. Nosotros nos reíamos a carcajadas, apoyados el uno
en el otro. Después, Geralt y yo, subimos a la parte trasera del vehículo. El
sobrino, como pudo, se sentó al volante, puso el motor en marcha y arrancó. Durante un buen
trecho, el sobrino no puso las luces, ni siquiera las de posición. De vez en
cuando, con una linterna, rastreaba entre las matas. Nada. El Jefe y yo
botábamos a cada bache y apenas podíamos sostener las armas. El camino era
intransitable. Los árboles se abalanzaban sobre nosotros. Desde la cabina
escuchamos un aullido. Se accionó el renglón de focos: recuerdo haber visto
un riachuelo y un enorme chopo y una liebre, moviendo las orejas en todos los
sentidos y olfateando el aire. Se quedó quieta, mirándonos con sus ojos
rojos. Empezamos a disparar.
No utilicé la escopeta; de la boca de la pistola surgían fogonazos violetas,
amarillos y naranjas. Miles de pájaros salieron de sus nidos y empezaron a
volar en circulo. Por la ventanilla, la escopeta del sobrino escupía al cielo
mientras el Jefe aullaba y apuntaba a las piedras. Le apestaba el aliento. Entre disparo y
disparo existían oleadas de silencio. La liebre me miraba con mucha atención.
Fue entonces cuando recordé a una chica de la escuela: tenia el pelo largo y
rojizo y se peinaba con cola. Tenia la piel muy blanca y llena de pecas. Era
guapísima. Iba a otra clase. Se llamaba Gloria y volvíamos a casa cogidos de
la mano. Cuando abandonó el colegio me pasé la mayor parte del tiempo
merodeando por los alrededores de su casa; la vi un par de veces. Estaba
preciosa. Me hubiese gustado tener tiempo y acariciarla. Y me pregunté que
coño estaba haciendo allí, con aquellos dos chalados. Al fin y al cabo,
cada cual defiende su pequeño mundo; comprendí que, poco a poco, nos
separamos de las cosas que más queremos, y que todo está muy separado entre
sí y, que la intimidad es algo muy lejano. Se me humedecieron
los ojos. No podía permitirme ese lujo. Cambié el cargador y continué
disparando. |