GUSANOS

Mi padre murió una semana antes de su aniversario. Era un hombre fuerte, moreno, de párpados caídos; con un bigote que dejaba al descubierto el labio superior. En las últimas semanas había adelgazado de tal forma que la piel curtida había palidecido.

No sé por qué, pero asociaba a papá con los gusanos de la playa; él me había enseñado a cogerlos. En la arena, húmeda, se excava un agujero semicircular, no muy profundo. La ola penetra en el orificio y, por efecto de la resaca, la arena se desmorona dejando al descubierto los gusanos. Al atardecer los vendía a las decenas de pescadores que acudían a la costa.

Fue un buen año para las doradas; por alguna causa, -la temperatura del agua, según muchos- se instaló un banco a menos de un centenar de metros de la playa. Permaneció hasta finales de Octubre.

Extrañaba aquel año de pescadores, arena en las rodillas, gusanos y chiquillos corriendo tras los balones que iban a parar bajo las rolouttes. Había cumplido doce años y creía que todo mi mundo terminaba un poco más allá de la autopista.

Mi padre trabajaba en la ciudad, estaba a pocos kilómetros, e iba y venía con un viejo Lloyd de segunda mano; se dedicaba a la compra y venta de cables. No éramos ricos, pero las cosas nos iban bien.

Vivíamos en la zona conocida como la grava; era un lugar sin caminos, extenso y cubierto de guijos para facilitar las maniobras de los remolques. Los muchachos aprovechábamos la peculiaridad del terreno para que, al frenar bruscamente, nuestras bicicletas derraparan dejando una línea lo más recta posible.

A la izquierda estaba el mar: tranquilo, sin apenas olas desde que construyeron los espigones; nos parecía extraño que enormes camiones hubiesen transportado aquellas rocas. Al este se veía un tupido pinar; nos resguardaba de los fuertes vientos de montaña.

Y después la autopista, aunque por entonces no me importaba dónde podía llevarme.

Al atardecer esperábamos a los pescadores que cruzaban el pinar camino de la playa; iban ataviados con tabardos, pantalones de pana y largas cañas de fibra. Algunos llevaban las prendas claveteadas de anzuelos; otros, más acertados, una pequeña caja con plomos de distinto peso. Nosotros vendíamos los gusanos, como parte de otro juego, que continuaba en la playa avistando los lanzamientos. El banco de doradas estaba a unos ciento cincuenta metros de la orilla.

Fue entonces -coincidió con la llegada de los peces- cuando papa dejó de correr tras el balón; me hacía un ademán y yo iba a buscarlo. Mientras, él se sentaba y encendía un cigarrillo. Chupaba hondo, con verdadero placer. Llevaba uno de esos bañadores que llegan hasta la cintura y tapan el ombligo. Nunca me dijo que estaba cansado.

Creo que no le gustaba la playa. A menudo, jugaba al ajedrez con un hombre musculoso, no muy alto y de ojos claros. Tenía un nombre que me resultaba difícil pronunciar. Sabía que era uno de los bailarines de la compañía de Moscú y vivía enfrente, en una roulotte más grande que la nuestra.

Su hijo, un muchacho rubio con una gran habilidad para derrapar con la bicicleta, vendía gusanos en el espigón. Hablaba cinco idiomas y todos mal.

No había muchas distracciones en la grava: al anochecer, la gente se reunía en la terraza del bar o jugaba a la petanca en los caminos, bajo la luz de los focos. Muy pocos paseaban hasta el pueblo: no eran bien recibidos y, menos aún, desde que el banco de doradas se había instalado en la playa. Al pueblo lo apartamos del negocio de la pesca.

A finales de aquel mes comenzaron las lluvias. El agua era densa y sucia en forma de goterones; caía con fuerza.

Pasábamos la mayor parte del tiempo jugando a las cartas o leyendo tebeos. Era imposible bajar a la playa y, menos aún, buscar gusanos en la arena. Algunas veces, cuando anochecía, divisábamos enormes ratas que corrían muy rápido; otras simplemente flotaban entre las olas.

Al segundo día la lluvia no cesaba. Tuvimos que mover los remolques y trabar las ruedas para que no se hundieran. Carreteamos piedras de un sitio a otro y ayudamos en lo que pudimos, mientras explicábamos la longitud de las ratas; alguno tuvo la suerte de ver una con el vientre reventado. Fue una mañana divertida, pero la tormenta duraría aún varios días. Al segundo, uno de los conductos de la cloaca reventó.

No lo sabíamos, pero creo que alguien tenía que habérnoslo dicho: decirnos que la playa, nuestro mundo, terminaría siendo un asco y que el banco de doradas se marcharía en busca de aguas más calientes. Explicarnos que, algún día, nadie atravesaría el bosque de pinos para ir a pescar y, unos más pronto y otros después, dejaríamos de cavar en la arena en busca de gusanos.

Creo, también, que mi padre tenía que haberme dicho que estaba cansado; me hubiese conformado con su deseo de leer el periódico o mirar al horizonte.

Algunos días más tarde, su amigo, que tenía un nombre que no sabía pronunciar, se marchó. Recuerdo que vino y abrazó a papá; a mí me puso la mano en la cabeza y alborotó aún más mi pelo. Tenía una mirada profunda y sonreía. A veces pienso en él.

Nosotros nos quedamos y, a la semana siguiente, enfilamos la autopista hacía la frontera.