El MITO DE "YUNKAY" Creación de la Campiña de Yungay Huiracocha- el hacedor- fue también un artista inspirado, creó las praderas de Huambo y Wansacay con los tesoros mas ricos de la naturaleza. La fragancia que emanaba las flores flotaban en el espacio, perfumando las nubes y condenándose en una laguna. Así se formó "Llanganuco", que más tarde habría que remozarse con los miríficos destellos del sol y el cromatismo espectacular del nevado. De esta laguna salió : Huariscarán", para disfrutar de la belleza de la campiña.
En aquel paraiso "Huariscarán", vivía como
embriagado por el encanto del paisaje. Poco a poco se dio
cuenta de que no era suficiente la maravilla del lugar y
que la felicidad no compartida no es placentera.
Envidiaba a las tórtolas que vivían emparejadas y que
en sus caricias unas a otras volcaban su dicha y se
transmutaban..Se sentía nostálgico y meláncolico, la
rebosante hermosura del valle, le sumía cada vez mas en
honda tristeza, hasta que dormido al pie de un quinual,
tuvo un sueño milagroso, aquella hada misteriosa que
poblaba su imaginación le pareció tenerla adelante. En
efecto al despertar tuvo la sorpresa de advertir que a su
lado de una guirnalda de flores iba saliendo el hada de
sus sueños para transformarse en la mujer ideal
largamente esperada. "Huiracocha", le había
enviado dentro de aquella guirnalda luego de haberla
sacado de la laguna de Llanganuco en momento en que una
estrella al caer a sus aguas diera a surgir volutas de
vapor argentado, para convertirse en una criatura
inefable. "Huariscarán" fuera tanto un
apuesto y fornido varón, como experto un gladiador. Se
abría paso por entre montañas y abismos y la pradera le
ofrecía el encanto de su fronda. "Yunkay", a
la par que era una hermosura real era una belleza etérea
y luminosa. Tenía de las flores su lozanía y tersidad,
la melodía de la música del campo, el arrebol celestial
del firmamento y un halo de luz que la hacía
reverberante. Era una gota de perla diluida en la
fragancia de las rosas y cristalizada por el sol en el
cáliz de una retama. La diáfana envoltura del cutis
terso, daba a admirar un cuerpo traslúcido y la
arrogancia procer de sus formas se dulcificaban con
aquella su delicada sensibilidad que la hacían lilial y
sublime. Desde entonces comenzó la disputa entre el Sol y el Huascarán por aquella maravilla, el sol cegado por los celos podía secar el nevado; el Huascarán en sus arrebatos podia obnubilar al Sol. Uno y otro podían como en pasadas represalias, desencadenar huaicos y terremotos. |