EL RETRATO DE LOS IMAGEROS De la tertulia circular de una noche en Machango, creo que uno pueda imaginar aquellos tococoros y los cojoncitos de chivo que rigen otra escena. La propia lógica del patio en sus declives que bifurcan ó mejor la lavandera que en el sueño estelar de una estrella, habla con la boca llena de música y prepara los pigmentos entre adagio y ojos miel, atrapando lunas para lobos extraños. La comisura del labio tiene un agradable gesto de entrega. Su piel mañanera transfigura el agua de colonia con una increíble certeza, de muchacha no finita. Jamás es compleja; es tan clarita que pudiera ser un cuadro expuesto colgado en el aire. Su mirada es un cuento cuando el fuego anuncia el suceso de sus ojos. Cuando enrostra por entre los arbustos y hay la certeza de un animal en acecho: extremo entre el borde mismo de su nombre y el inquieto autillo que abre la noche. Machango tiene dos maneras sucedáneas para enfrentar el lenguaje: la guitarra y su sexo. En la guitarra el sonido deslinda y en su sexo, lo desnudo es una gota de lluvia perenne. Irremisiblemente contar esta historia es no contarla. Es el traste entre lo asexuado y el propio fragor indeleble que descuenta del tiempo, es su pierna inquieta angulando el ataque. Siempre había dos lunas en su rostro: una cara, mortal. Dueña de los suicidios y los placeres; toda una hacedora triunfal para maquinar extinciones. En esa cara atrapaba el hechizo de sus genes, atípicos e inconmensurables. Una asesina sin repudio alguno por sus crímenes. La cara oculta: su predio profundo, llena por antonomasia de miedos ancestrales. Soñolencia etílica con zarpazo coincidente entre su lunecer y el día. "Me cuesta mucho no llorar. Me da rabia no saber qué sentir. Ya no sé si voy hacia el fondo o si alguna locura anda suelta por dentro". Esa especie de muestra circular arropa el lavadero: altar de desasosiegos combinados con la esfera explosiva de su primer rostro. La singularidad de su centro, paraje nervioso, elocuente a la fuga o prófugo de un destierro que socava con desdén su carne lavada de deseo. Cada ser lleva adjunto un título final. Jugada secreta ante la defensa infalible: "al acercarme a ti traigo dos demonios encima. No concilio con ellos, sólo abrevo el sorbo líquido de la profunda sed en medio del espanto. Un erial que cabalga en la negritud y tu música de entierro pegada en mi oreja como mensaje póstumo en la exacta medida de mis sueños. Cuando eran niñas, las muñecas me hacían rondalla, solía acostarme a pensar sin saber en qué, aun me ocurre. Es como si de pronto ya sé de mi próxima movida y cuántas quedan sobre el tablero. Mis asombros han disminuido terriblemente. Cae el dado y sorbo tras sorbo suicido cada trozo de historia". Hasta en medio de su risa un pez sin sangre helaba la noche. Parecías un adorable perro de presa. Disfraz espeluznante que traza la frontera entre la estampida y el ocaso. Cada sonido movía tus líquidos a la buenaventura con la que enciendes la vela y asaltas el lecho de costado: tibia y mágica como una sábana de abriles impunes. Decías palabras tan dulces, tan ausentes de muerte y te anaranjabas perfectamente con el trueno. Podrían ser interminables las discusiones sobre la inconstancia que su albedo nos reflejara en su ataque politonal; enmascaramiento fortuito ascendiendo en medios de dos rostros y el cuarto cambiante de sus ardides. Animal unánime en la primera explosión de los tiempos. Mimesis progresiva en la estrategia de la guerra: Muerte, amor y desvelo. Ungüento frágil en la sensación más profunda de la noche, locura tangible frente al viento. "Si me amara en el péndulo que mide estas distancias. De seguro podría ocurrírseme tomarlo y quitarme el animal de la noche y evocar una escena diferente. Desadvertir la tertulia, construir un elocuente desacierto para destruir el álgebra de sus palabras. Invertir todo a propósito de suspender el espacio vacío y propiciar un encuentro. Buscar en la orilla de la campanada del reloj una cuartilla de nulo hecho donde sus dientes despierten mi boca. Sólo alcanzo verlo bifuminado entre la flama y el círculo y mi voz ya no lo toca; anda descalzo y mi abrazo se despidió de él para siempre. Desde la otra orilla hasta aquí hay unas algas y el resquicio fuera de la ley escrito en un papel roto por la inclemencia de los aguaceros. Era un ser de lodo y el agua de su cuerpo lava el rastro más pequeño y antiguo de otros nombres de un segundo rostro envuelto en niebla. En este día lo subterráneo está arriba mirando alguna flor. En el lugar secreto de mis sueños aun brilla el primer paso de su viaje hacia mi amanecer con la mirada en los azules del este. No hay ensalme ni pócima u otra forma de encanto para llamarlo. Solo los sonidos que se mueven sin descanso me lo sacuden de noche y sólo eso guardo en las mías para esperarlo cada vez que no llega". Casi impredecible saltaba de línea en línea como el presagio que hace treinta años se leyera en mis manos. Una lotería fantástica, papeles que nadie leyó y sensaciones que sólo la nostalgia aun esgrime como un regreso pasajero entre las ventiscas de la tarde. Cuanta pulcritud para servirse en una conversa donde nada puede ser todo y cada todo arranca a dentelladas el abalorio que proyecta el espectro solar en sus ojos. Hay una maravilla que bordea tu mano y sujeta con premura la saga que guarda tu nombre en el silencio de la noche. Los seres del círculo vislumbraban ciertamente patrones diversos. No imprescindiblemente por sus nombres y por sus sexos. Cada uno dibujaba las proyecciones de su sombra con una increíble certidumbre acerca de sus dueños. Una danza perfecta entre conductas bien marcadas frente al tedio y la donosura de múltiples ficciones. Visto desde arriba el festival resulta propicio para escudriñar. Cada uno oculta una ceremoniosa puerta del rostro primitivo. Incesto, sadismo, el hombre andrógino, la grandeza de un imperio reducida a fetiche. La diatriba entre tabaco y crucifijo y las medias tintas aguas abajo en el torrente de infinitas galaxias. Erudición de la sombra oculta en el espejo. La inclinación de los ejes que, huye de los puntos entre la incertidumbre del cálculo y la cifra que calcula el ojo que avista el horizonte curvo en la mano que hiende los argumentos del día. Explicar el suceso de una mirada no siempre es una labor fácil. Requiere de astucia, de un cierto grado de intuición manejado con el tino de un experto en trampas. Sugiere un aire de beduino, de guía de caravanas y sobre todo de ese asertivo lenguaje para domar las penurias que acechan el viaje. Un mago de vidrio de espaldas al abismo, una palabra justa para separar los amargos golpes de los idiotas que en rebaño esperan su presa. Una balanza para el encuadre de los pesos físicos sobre las formas etéreas; construir un túnel preciso en medio de la noche para desterrar los miedos en las caras aparentemente tranquilas. Manejar un astrolabio frente a las tormentas y la ignominia con la fuerza de un verdadero gato en el salto. Ser mordaz e ingenuo para no sucumbir frente al colmillo que escurre la sangre en desquite con el giro sobre el cielo que se abre como pidiendo tan sólo una rosa. Nos salpican las primeras gotas y el tropel de las gallinas alocadas que suben sin consuelo sobre los árboles. Es una manera de amarillarse junto al contexto de luces que fogosamente emerge de los patos de agua y todo el herbario del norte. Es majestuoso orillarse a los sonidos que emiten las ficciones. Van y vienen suben y bajan. Adentro o afuera, tantas variaciones posibles como en una esfera que flota como los discos que solíamos lanzar imaginando que en su descenso venían diseminadas nuestras propias circunstancias. Vez el barquito como un anticuario ante la impronta del imagero y su afán por un color en la remota ladera de la montaña. No siempre su mano estaba allí para encontrame. Un suave adagio me sujeta, la lluvia es intensa y con ojos de aguacero entre charcos y asaltos nos buscamos. No comprendo del miedo de los cocuyos ni de la virtud del búho en la rama del caracolí ni esa destreza tuya para conjurar hechizos ni comprendo tampoco cómo del otro lado de tu rostro; salen mariposas y unas aves del paraíso que le dan al cuadro la quieta y voluptuosa sensación de un imagero de oficio y una invisible línea sobre una hoja que el viento nos trajo. El mundo tiene sus puertas de entrada y salida, tiene sus seres con altos y bajos, posee una risa junto con la tristeza, tiene el abrazo exactamente junto al golpe mortal. Era propiamente la imagen del cuadro, un holograma cuya astucia trascendió las puertas y se incrustó en la carne, en los vientos, en los menudos hallazgos que bordean los orígenes de un encuentro singular en un mundo singular de seres igualmente singulares. Miles de recuerdos en un asilo, en el hálito de moda y entre mueca y máscara el fortuito disfraz para el baile. No quisimos nunca aventurar el melodrama; me gustaba tanto su manera, el aroma de los fogones y la certeza bruñida del orfebre y aquella carabina que se posa en la pared como una guinda ante el desasosiego del día. Del cianotipo desnudo pasamos a Happy Together, tratando de hacer el amor con todos sus paisajes posibles. El cuadro de Turner. Aquellas líneas de Benedetti: "Ah si pudiera elegir mi paisaje/elegiría, robaría esta calle,/(...) el número y el nombre de sus setenta árboles". Me haría un nudo de corbata estridente y saldría amable y caballeresco, erguido en mi propia desgracia, sobre estos rostros de añil que son contertulios de otroras días. Magníficos y delirantes, como el sueño mismo y alguna canción que nos habla de puentes y consejas. Que baldía oscurana, la que escupe la calle, con un silencio caliente y efímero hecho a besos de semitonos por entre la ventisca que refugia las voces que gimen, bajo tejados de abandono perpetuo, en un eclipse imaginario donde se orillan las palabras, cansadas de viajar en círculo y con su enigmática carga de decires. Me apuesto tu nombre, vendo mi oficio, hasta me atrevería -solo por curiosidad - a voltear a ver el inmenso patio con sus hojas de libro hasta que el almendro desapareciera en la noche. En la transfinitud del instante qué es el tiempo sino un montón de puntos en una línea opaca y sin letreros. La calle en su impune deicidio, la imposibilidad de ser libre en medio de miles de párrafos que hablan de libertad. Pero veinticuatro años bastaron para sacar la huella profunda del niño, los delirios vanidosos del hombre y la propia muerte que cruza la esquina donde los poetas aun se cuentan sus lujurias. Me bastaba morder tus labios y que el sol rodeara las mariposas del jardín para saberme vivo. Y de pronto, un trueno rasgó el silencio y todos los nombres se perdieron de mi memoria, nada quedó, más que una u otra pista que igualmente murió con la sensación de ausencia que nos amarra hasta la asfixia. Solíamos tener tantas aperturas y millares de trueques. Sin embargo ella bajó del lavadero y me extiendió un cigarrillo. Me miró fijamente, volteó y se perdió en medio de las voces. Pronto vendrá o tal vez se la trague su sombra. |