Textos biográficos

En 1951, diez años después de dejar la Universidad y de haber comenzado a trabajar como campesino, invitaron a Légaut a dar una conferencia en Rennes, donde había sido profesor de matemáticas. La ocasión le sirvió para hacer un primer balance y reflexión. Es el texto de "Confesión de un intelectual" que proponemos para un primer contacto con nuestro autor:

Confesión de un intelectual

Resulta extraño volver, tras largos años de ausencia, a una ciudad en la que se ha vivido tiempo. Al contacto con lugares reencontrados, los recuerdos y el pasado adquieren nuevo vigor. Sin embargo, el corazón que los recibe no es el mismo. Por eso, muchos parecen en parte inexplicables y en vano intentamos redescubrir su valor.

Cuando era profesor en la Facultad de Ciencias de esta ciudad, yo vivía en París y, cada vez que llegaba a Rennes para dar mis clases, apreciaba el frescor y la calma de esta apacible campiña. Ahora que soy campesino en las laderas de una pobre montaña del Alto Diois, en los Pre_Alpes, en el límite del Delfinado y de la Provenza, descubro en Rennes a una gran ciudad, si no tumultuosa, sí, al menos, muy poblada. Incluso la tranquilidad de sus tardes contrasta con el silencio de mi tierra desierta.

Pero no sólo las impresiones exteriores me indican que algo ha cambiado en mí de forma radical e irreversible. ¿Sería capaz, hoy por hoy, de reemprender mi vida de profesor, con el mismo interés que tenía antes por las matemáticas y por la enseñanza? No lo creo. Paradójicamente, me sentiría exiliado en una existencia que me fue familiar y que, en muchos aspectos, todavía me sería agradable. Tendría la impresión de estar condenado a vivir de forma irreal. Si los acontecimientos me obligasen a una vuelta atrás, no lo haría con la alegría del viajero que después de una larga ausencia y de difíciles peripecias regresa a su país, sino como el vencido que retorna a su pasado porque no ha conseguido encontrar en sí mismo las fuerzas necesarias para continuar viviendo allí donde había sido conducido.

¿Cómo ha podido darse en mí esta evolución tan profunda, tan irreversible y de sentido tan contrario al de los itinerarios habituales? Me han pedido que os lo diga y quisiera hacerlo con sinceridad y simplicidad; sin ignorar, persuadido _como estoy_ de que sólo merecen pronunciarse y escucharse las palabras verdaderas, fruto de lo que se ha vivido sin componendas, que, sin embargo, es difícil hablar de lo que nos incumbe sin ser exagerado en la emoción y en la locuacidad.

Si se me hubiese pedido hacer esta confesión aquí hace unos años, lo habría rechazado. Muchas razones me habrían impuesto esa negativa. En primer lugar, volver me hubiera causado cierto temor pues no soy insensible al atractivo de una buena posición y de su prestigio. Hay en mí como una debilidad por la estima que generalmente se tiene hacia los profesores de Universidad. Y, aunque sin duda he perdido el gusto por la investigación matemática, todavía disfrutaría _y apasionadamente_ con la enseñanza. Sí; hubiera tenido miedo de dejarme volver a coger por mi antigua vida y mi antiguo oficio. Todos los hábitos arraigados en mí desde la juventud, todos los recuerdos de un pasado feliz aún insuficientemente mortificados por el tiempo, aunque ya contrapesados por los intereses de mi nueva existencia, hubieran ejercido sobre mí excesivo poder y hubiera temido afrontar tan fuertes tentaciones...

Pero, además, otras razones de más peso hubieran podido influir en mi negativa. En primer lugar es difícil resolver adecuadamente la incompatibilidad que existe, casi por definición, entre, por una parte, confesar lo que se ha tenido que hacer por fidelidad a uno mismo y, por otra, hacer público, como en un reportaje, lo que proviene de lo más íntimo. En segundo lugar, en tanto que la perseverancia y el tiempo no dan, a los mediocres resultados obtenidos, la grandeza de lo que ya no puede no ser, es asunto delicado limitarse a decir únicamente lo que se ha realizado. ¿Cómo no amplificar los éxitos y minimizar los fracasos cuando son tan necesarias las autodefensas y las ilusiones no sólo al comienzo de un camino sino también más adelante y aun hasta el final? Por otra parte, es prudente no adelantarse a anunciar lo que uno se propone realizar porque raramente será lo que realmente haga. Cuando uno se apresta y se levanta para partir, siempre ignora adónde va. Sin embargo, ustedes ya saben qué poco frecuente es que se observen estas verdades elementales y qué diluvio de vanidad y de discursos estériles se ocasiona con ello.

No bstante, si he aceptado hablar es porque ya han transcurrido diez años desde que partí de Rennes y hace ya ocho que abandoné mi cátedra en la Facultad. Vengo para hacer una pausa muy breve entre ustedes. Pronto regresaré a mi región y a mi nueva vida. Así es como me hago viejo. Uno envejece deprisa haciendo un trabajo a contracorriente de su época; un trabajo fatalmente solitario, difícil, pesado en demasía y para el que no ha sido directamente preparado por su pasado. La vejez es el tiempo de filosofar, de comprender la vida de uno, de explicársela _no de justificarla_ y de percibirla en su lógica interna, en su unidad profunda, en su realidad individual. La vida de uno, ¿no contiene, acaso, una verdad de orden universal tanto más vasta y eterna cuanto más se ha vivido con fuerza y sondeado con lucidez? Mi objetivo no es que nos divirtamos mientras les cuento una historia pintoresca. Más bien es que, con ocasión de ella, nos alcemos por un tiempo hasta la conciencia _siempre efímera_ de lo serio de la vida humana, de la seriedad que existe en toda historia digna de ser vivida.

El punto de partida visible de mi evolución actual data de la guerra del 39_40. Yo era entonces oficial en un grupo de defensa antiaérea. Movilizado como teniente en septiembre de 1939, promovido a capitán pocos días después, me encontré al cabo de pocas semanas, por el azar de las circunstancias, al mando de un grupo de artillería. Pobre profesor de matemáticas, tímido soltero, sin haber vivido más que con mis libros y en mi círculo social de intelectuales y estudiantes, me encontraba, sin apenas transición, como responsable de un destacamento importante de hombres a los que tenía que mandar.

El mundo universitario, a pesar de lo que a menudo se cree, está muy cerrado en sí mismo. El hombre de la calle es más desconocido para el universitario que los prehistóricos para el paleontólogo. Por tanto, ese contacto brutal con lo real humano me reveló mis deficiencias de carácter mucho mejor que el examen de conciencia más atento. Creía ser un adulto y no era más que un niño tímido, dócil y criado en un invernadero. Para mí, mandar significaba aconsejar; hacerse obedecer, rogar educadamente y, llegado el caso, hacer uno mismo el trabajo. Hablar a los hombres era, para mí, dar una conferencia, en lugar de ser un esfuerzo por salirles al encuentro allí donde estuviesen. Mi incapacidad para ser un verdadero jefe sólo se parangonaba con mi absoluta impreparación para las crueldades de la guerra.

Hay un pacifismo que es una de las formas sociales de la caridad. Pertenece a la esencia del cristianismo. La cruz de Jesucristo lo ratifica. No hay que separar a Cristo de su cruz. Mediante ese signo, es imposible confundir al verdadero pacifismo con otro que no es más que el fruto inconfesado del miedo y del feroz deseo de vivir, síntomas del envejecimiento de una raza condenada a un mañana de esclavitud. Mi incapacidad, desgraciadamente, era de ese orden. Creía ser un hombre y no era más que un ser cerebral, producto de una civilización en vías de decrepitud. No era el único, ciertamente. A mi alrededor, a lo largo de toda la escala jerárquica, esa misma carencia de carácter _o su equivalente_ se manifestaba con una evidencia alarmante y cruel. Ello hacía que mi falta de temple humano fuese aún mucho más difícil de constatar y de curar.

Tenía la pretensión de enseñar pero, fuera de mi despacho y de mi medio _tan angosto_, yo no era más que un ser sin carácter. Esta carencia, ¿no pesa también, oscura y abrumadoramente, sobre el conjunto de los estudiantes? La Universidad les aporta _admitámoslo para abreviar_ las luces de la ciencia y de la sabiduría. Pero, ¿no lo hace en un clima ajeno a la vida y, a veces, incluso hostil a ella?

Desde entonces determiné buscar algún remedio para ese estado de inferioridad pues me parecía que ponía en tela de juicio el valor de mi enseñanza y de mi vida. Era el tiempo del armisticio. El desastre nacional no había hecho sino acentuar los juicios pesimistas que, durante la "drôle de guerre", había tenido que hacer sobre mí y sobre los otros. El infortunio de la Patria rompía todos los marcos de nuestras vidas, lo mismo que todo lo que las limitaba y las aprisionaba en la inercia de la costumbre y del conformismo social. Todo era posible porque ya no había nada seguro y sólido en sí mismo. Éramos libres con esa libertad que da generosamente la pobreza con tal de que no se convierta en miseria porque, entonces, llega a aplastar. Lo que no hubiera osado decidir ni hacer en tiempos más felices era entonces relativamente posible. Yo quería volver a ser profesor de Facultad pero rechazaba serlo como antes de la guerra. Quería tener un trabajo manual que sirviese de contrapeso al carácter demasiado abstracto de mi enseñanza y de mi vida. Ya no quería ser para mis alumnos un profesor de universidad según el patrón clásico. Yo quería que, fuera de las horas de clase y de trabajo personal, mis alumnos viniesen a trabajar conmigo manualmente, en equipo, de suerte que la unión equilibrada de esas dos formas de actividad nos abriese a un tipo de vida humana completo y armonioso que nos protegiese de la atrofia de los cerebros especializados, librescos y desconectados de lo real. Más en concreto, deseaba que, al principio de sus estudios superiores, durante la preparación de sus primeros certificados de matemáticas, mis estudiantes compartiesen conmigo una vida en la que el trabajo manual mereciese y fecundase el trabajo del espíritu, de manera que más tarde, si seguían estando vivos y seguían alimentando algo de inquietud, les quedase al menos su nostalgia.

Fui al ministerio. Encontré al director de la Enseñanza Superior paternalmente instalado en una aula de la Escuela primaria de Vichy y le expuse mis proyectos. Como, en esos momentos, la Administración, en su derrota, había encontrado una nueva juventud, todo era concebible y merecía probarse. Después de considerar diversas posibilidades _en particular la de un permiso a mitad de sueldo que me habría permitido un año de aprendizaje como obrero agrícola_ se decidió que iría a la Zona libre, destinado a la Facultad de Ciencias de Lyon, a fin de que pudiese establecerme en la montaña, en una zona no demasiado alejada de la Universidad. Compré un caserío abandonado desde hacía unos veinte años, a mil metros de altura, y me instalé allí con mi mujer a principios del invierno de 1940. De ese modo comenzó mi vida de profesor y campesino. Cada semana iba a Lyon a dar mis clases en la Facultad. A mi vuelta, mi vecino más próximo _a más de un kilómetro de casa_ me ayudaba fraternalmente en todo. Me enseñaba a arar y a preparar la tierra, a sembrar y a cosechar y también a llevar un rebaño de ovejas. En las vacaciones, ayudado por algunos de mis alumnos, reconstruí dos de los edificios del caserío.

Ciertamente no fue un principio exento de alegría y de entusiasmo. Lo que unos años antes me hubiera parecido increíble e incluso impensable se realizaba. La vía estaba abierta y yo me lanzaba por ella. No obstante, pronto el camino se mostró más duro y más largo de lo previsto. No debía llevarme al objetivo que, sin embargo, parecía tan cercano. Las dificultades abundaron y sobreabundaron hasta tal extremo que la realización de mi proyecto inicial se alejaba a medida que yo avanzaba. Tanto la fatiga física como la tensión nerviosa _ésta última necesaria para afrontar sin tregua y de continuo trabajos y situaciones nuevas para mí, las cuales por mi falta de oficio resultaban aún más difíciles_ no favorecían en absoluto que se diese el clima que yo soñaba para mi actividad intelectual y la de mis alumnos. En tales condiciones, no me era fácil ni siquiera cubrir de forma suficiente mis dos tareas, la de profesor y la de campesino. Un estudiante no hubiera podido evitar, viviendo conmigo, el sacrificio de los estudios en aras de un trabajo siempre urgente e ineludible. En ese estadio de la realización de mi proyecto, la simbiosis entre la actividad manual y la intelectual pertenecía de forma manifiesta al orden de lo utópico.

Las dificultades, sin duda, provenían en primer lugar de mi total impreparación al trabajo de la tierra; pero se acrecentaban por otra razón más grave y duradera. Había querido instalarme en la montaña porque estimaba necesario, para la tonicidad de mi vida intelectual y de la de mis estudiantes, el marco espiritual de las extensiones vírgenes. En ello no me equivocaba, pero sí que subestimaba ingenuamente las dificultades que constituían el tributo de tal privilegio. Volver a poner en cultivo tierras abandonadas y dormidas desde hacía años, selváticas y de difícil acceso, era una empresa que ningún labrador sensato y avisado acometería. Hicieron falta mi fe y mi candor para ello. Y les puedo asegurar que así como mi fe permanece hasta hoy, mi candor está en franco retroceso, al menos en este asunto.

Sea lo que fuere, cada año yo procuraba llamar la atención del Ministerio, a través de un informe, lo más explícito posible, de mi intento. No cabe duda de que la menor señal de interés, el menor aliento, la menor ayuda material me habrían reconfortado poderosamente en mis esfuerzos por triunfar sobre unos obstáculos que, con mis propios medios, no podía superar. Pero la Administración había vuelto a afianzarse. Había reemprendido sus serenas y apacibles costumbres y tradiciones burocráticas. Estaba mucho más preocupada por formar comisiones encargadas de reformar periódicamente los programas de estudios que interesada en intentar remediar un mal que, además, desconocía porque ella misma era y es una de sus víctimas predilectas. Nadie me seguía la pista y yo estaba demasiado avanzado en esa acción reformadora a la que consideraba _¿ingenuamente?_ más urgente y eficaz que la de cambiar los regímenes y programas para los certificados y las licencias.

Profesor y campesino sin compañeros, no lograba realizar lo que quería. Razonablemente, ni siquiera podía alimentar la esperanza de alcanzarlo pronto y, sin embargo, conservaba firmemente esa fe y ese deseo. Pero era muy claro que primero tenía que merecer, a fuerza de tenacidad y de constancia en la soledad, lo que _estoy convencido_ llegará a ser, convenientemente transformado y adaptado, una nueva vía de enseñanza en la que será preciso, cueste lo que cueste, comprometerse un día para escapar a la cultura mortífera que nos amenaza.

Esos años me aportaron algunas luces de capital importancia. Mis primeras intuiciones, seguidas con fidelidad y fuerza, me llevaron a una visión mucho más completa y exacta de lo que se tendría que vivir para poder descubrir _más allá de las costumbres y de los prejuicios de nuestra época_ las condiciones más favorables a una existencia intelectual y humanamente vigorosa.

Cuando se comienzan a dejar los caminos trillados, uno se imagina que no tiene que apartarse de ellos más que un poquito. Pero, aunque los primeros pasos, es cierto, no se hacen sin esfuerzo, los siguientes, en cambio, son mucho más livianos: se suceden por sí solos. Entonces, uno se interna cada vez más en lo desconocido. Algunos juzgarán que se va a la deriva; otros _con más justicia, creo_ verán en ese alejamiento la senda fiel a la propia estrella. Quisiera hablarles, ahora, de las etapas ulteriores de mi vida y de mi pensamiento.

 

Cuando me instalé en Lesches_en_Diois, no pensaba en abandonar ni mi oficio ni mi ambiente. Al contrario, entonces me guiaban preocupaciones principalmente educativas. Limitándome a dar ese primer paso, hubiera podido ser como el señor en su castillo que consagra algunas horas del día a una distracción manual, inteligente y útil. Las circunstancias exigieron mucho más de mí. Tuve que incorporarme de veras _tanto como le era posible a un principiante venido de fuera_ al grupo de los que trabajan y se fatigan por ganar modestamente el pan de su familia. ¡Qué descubrimiento para un hijo de funcionario y funcionario él mismo, educado en los moldes más clásicos de la enseñanza, protegido desde siempre de las preocupaciones materiales tanto por la solicitud de su familia como por la organización de la sociedad! ¡Qué descubrimiento, para un hombre al que jamás había faltado nada, el de las precariedades de un presupuesto campesino, con las privaciones que comporta! ¡Qué descubrimiento, para un ciudadano del siglo de la abundancia y de las diversiones, el del inmenso e inimitable trabajo de los antiguos de mi nuevo país _milagro de tenacidad y de aguante_ para conquistar sus difíciles campos al bosque y a la carrasca!

¿Cómo iba a poder alcanzar las cualidades de esa raza montañesa _tan viril y en múltiples aspectos tan humana_ sin abrazar sus condiciones de vida, entonces no muy diferentes de las de las generaciones pasadas? Ciertamente, trabajar la tierra completaba y corregía cumplidamente los excesos de la abstracción y los amaneramientos de una vida confinada entre libros y en un medio social privilegiado y cerrado. Para permitir a mi trabajo que tuviese una eficacia plena, ¿no era absolutamente necesario vivirlo en un clima en el que el riesgo, bajo todas sus formas _económicas u otras_, constituyese la nota dominante?

Yo ya sabía que ser un intelectual especializado representa una pesada hipoteca para quien quiere alcanzar la talla de hombre completo. Pero ahora comprendía que ser funcionario es una condición poco apropiada para fortalecer y engrandecer el carácter. La seguridad material del funcionario, semejante a la del pequeño o gran rentista de antaño, colabora pérfida e insensiblemente, en una sociedad materializada, al aprendizaje de la servidumbre. Encontrar con regularidad un sueldo a fin de mes por cheque postal, sin que haya ninguna relación visible entre el trabajo realizado y la remuneración, suprime el aguijón que protege la capacidad de iniciativa, de vigor y de tenacidad, tanto en el trabajo como en el resto de la vida. Cuando el aguijón de la necesidad no acude para empujarlos más allá de sí mismos, la mayor parte de los hombres se abandonan espontáneamente a la rutina de las ocupaciones cotidianas.

Ante unas evidencias tan nítidas como imperiosas, habida cuenta de mi fracaso pedagógico, y a pesar de mis aprensiones, pedí una excedencia o, mejor dicho, tuve la debilidad de tomar esa precaución. Dejé mi plaza en la Universidad de Lyon y me volví campesino como ellos, o, más exactamente, me puse a trabajar y a vivir como el conjunto de los campesinos de nuestras montañas.

Cambiar de país y vivir en el extranjero pero no como emigrado es difícil. No es más fácil cambiar de clase social y no ser un desarraigado. Ni tampoco es cuestión de un día llegar a ser intelectual y campesino. Desde que me esfuerzo en ello, ¿puedo decir que lo he logrado? Mentiría si les dijese que veo cercano el día en que será plena y armoniosamente así para mí.

¡Qué difícil es ser pobre cuando se es rico, sobre todo cuando antes hay que descubrir que se vive como un rico! ¡Qué difícil es trabajar con las propias manos sin hacer trampas cuando uno puede ahorrárselo por algo equivalente y menos oneroso! ¡Qué difícil es implicar en la propia vida a la mujer y a los hijos, prohibiéndose sacrificarlos pero sin que ello se traduzca en encontrar una ocasión _legítima sin duda pero en realidad sorda y cobardemente esperada_ de renunciar! ¡Qué difícil es para un intelectual no hablar cuando hay algo que decir pero no ha llegado todavía su hora porque aún le queda mucho por descubrir en el espesor de su vida, tan dura de llevar!... No presento la suma de estas dificultades, que frisan con lo imposible, para decirles que las he vencido, sino para asegurarles que estoy embarrancado en ellas. Mi fidelidad está completamente desfigurada. No logro arrancar de mi vida todos los compromisos debidos a mi propia impotencia ante tan infranqueables obstáculos.

Sobre todo, no se vayan a creer ustedes que este intelectual va a ser de entrada un buen campesino gracias a sus conocimientos de matemáticas; ni tampoco que vaya a ser, a partir de sus primeros ensayos, un promotor de escuelas de agricultura. Será un campesino mediocre, que trabaja un poco menos que sus camaradas, que se fatiga mucho más que ellos y que, a fin de cuentas, gana mucho peor su vida. Este tímido ex_funcionario, que no sabe ni vender ni comprar porque es incapaz de regatear por temor de hacer daño y de vejar al otro, no es sino un pobre chalán. Los comerciantes de ganado, señores de nuestras comarcas montañesas, se alegran al verle y se aprovechan de él. No obstante, no se vayan a creer que estos resultados, tan decepcionantes y de tantos años, sean señal de un fracaso insuperable y definitivo. No. Más bien caracterizan del modo más idóneo la humildad y abajamiento que convienen a un hombre, cultivado según el uso y las normas actuales, para que, gracias a su fidelidad, alcance, junto a ese pueblo montañés como junto a cualquier otro pueblo nacido directamente de la base humana, la savia que renovará su vida intelectual y espiritual.

 

Nuestro intelectual no es ni un técnico que quiere aportar sus conocimientos ni un ser superior que va hacia el pueblo. Es, simple y llanamente, con toda humildad, un buscador. Busca su camino porque sufre de carencias que intuye capitales. Quiere entrar en la escuela de esos hombres, de los mejores, aún intactos como las montañas de su región. Adivina en ellos un tesoro escondido; tan bien sellado que ellos mismos lo ignoran o no lo reconocen en su valor. Ni abrazando sus aspiraciones o solidarizándose con sus reivindicaciones, ni dedicándose a la sobrepuja de promesas políticas o sociales será como este intelectual, en vías de conversión, entre en la profundidad de sus vidas. Si cediese a esa tentación tan actual, por la que tantos hombres generosos de las clases dirigentes creen entrar en comunión con las clases trabajadoras, se quedaría en la superficie de esas existencias, en la zona en la que son menos ellas mismas y más como las otras. En cambio, debe hacerse adoptar como un aprendiz; como alguien que hace lo que puede por ganarse la vida, semejante en eso a todos los de su nuevo país, aunque sospechen que él no está obligado a ello y no comprendan en absoluto su singular decisión.

No ser ya ni un "Don" ni un "Señor"; ser un verdadero campesino y, sin embargo, no serlo como los otros. Estar en medio del pueblo y seguir siendo uno mismo. Negarse a todo papel social importante, cuyo ejercicio no sólo aísla sino que, además, cuando uno se encierra en él, empobrece. Recibir de la comunión humana, vasta y anónima; recibir de la vieja fraternidad nacida de las condiciones comunes, bajo las especies cotidianas del trabajo, las fatigas, los riesgos, los fracasos y las pérdidas padecidas juntos... En una palabra, recibir de esa comunión, bajo el peso del mismo destino, el vigor de la raíz original y la inteligencia renovada de la vida.

Este intelectual había venido a Lesches en Diois para encontrar en la región, en contacto con sus habitantes y montañas, remedio a sus carencias. Buscaba recibir. A diferencia de los que parten para una misión, de ningún modo tenía la pretensión de aportar un mensaje. Pero, ¿cómo no reflexionar, sobre la condición de esos hombres, durante el curso de su investigación hacia el conocimiento de sí? Lo que le diferencia de ellos, a pesar de todos sus esfuerzos en parte eficaces por adaptarse a su género de vida, ¿es sólo consecuencia de sus deficiencias? ¿No hay en él porque lo ha recibido de otros mientras que nadie se lo ha dado a ellos algo que precisamente es lo que les falta a ellos para ser un pueblo completamente logrado? Ellos pueden adoptarle, contarle entre los suyos, abrirle su casa, hacerle participar de sus alegrías hogareñas y de sus duelos familiares; él puede, delante suyo, sentirse libre y ser él mismo por encima de la mera educación y cordialidad; pero no es menos cierto que sus más profundas convicciones y sus sentimientos más poderosos se les escapan, al igual que él tampoco alcanza aquella zona de sus vidas en la que su palabra y su pensamiento serían auténticamente apelantes y vivificantes. Es verdad que él lo desea con todas sus fuerzas. Pero ellos, por su parte, ¿cómo podrían llegar a imaginar y a desear esa comunicación con lo suyo mejor? Él tiene _si se compara_ más de una ventaja, pero su éxito está todavía tan en duda... Entre los del pueblo y él, dos herencias, dos civilizaciones, dos sociedades colindan y se observan sin realmente comunicarse. Las zanjas que se cavaron y ensancharon con los siglos, sólo el tiempo, si se emplease bien, podría cubrirlas. Al menos, cabe esperarlo. Lo que la ignorancia y las ofensas contra lo humano deshicieron, sólo la fe puede repararlo; pero, ¡qué fe tan fuera de lo común haría falta!

Durante las largas horas que paso guardando mi rebaño en la montaña, ¡cuántas veces he pensado en el misterio de nuestra impotencia para abrir a otro hacia lo que nos es esencial y de lo que él participa tan poco! Pero, ¿se pueden descubrir de verdad las carencias de los otros cuando no se está suficientemente cerca suyo para abrirse también a su riqueza?, ¿se puede dar de verdad con el remedio de sus insuficiencias cuando no se sufre por las propias? No cabe duda, cuando los hombres no son lo bastante conscientes de su humanidad como para alcanzarse en el plano de lo universal, la comunidad de destino, que incluye lo más material y cotidiano, es necesaria tanto para dar como para recibir; comunidad que es preciso asumir en la fe y en el honor de una elección libre y no bajo el peso de una necesidad, colectiva o personalmente padecida.

¡Extraña existencia la de un intelectual que se pasa a manual! Ni llega a ser como sus nuevos compañeros de trabajo ni es ya como los que ha dejado. Intelectual marginal, no sólo se encuentra escindido entre dos vidas que tiran de él porque no llegan a compaginarse en una simbiosis suficientemente armónica sino que, al mismo tiempo y paradójicamente, cuanto más y mejor va entrando a formar parte de esas dos sociedades, ajenas entre sí, tanto más solo y forastero se va encontrando. Sus relaciones con una y otra son naturales y de igualdad, al tiempo que no encuentra, en ninguna de ellas, su morada. Aunque en su interior colaboran, en el exterior se disputan sin tregua su tiempo y sus fuerzas.

Si la fatiga física le abruma a menudo profundamente, no es ésa, sin embargo, la única fatiga que le pesa. Su vida intelectual no es tampoco de completo reposo. ¡Cuántas preguntas nuevas le acucian! Su inteligencia, ¡a cuántas exigencias nuevas ha de satisfacer! El marco en que antes se desenvolvía su reflexión ha estallado y no lo sostienen ya las antiguas evidencias, que ya no lo son ni para él ni para los que le rodean.

Intelectual a cuerpo descubierto, ¿cómo podría contentarse con las ideas ya hechas, siempre enseñadas y sin cesar repetidas, que flotan en el ambiente como en las tierras bajas las neblinas, cuya consistencia sólo se debe a su falta de contacto con el aliento de lo real? ¿Cómo podría conformarse con el fácil juego malabar de las afirmaciones genéricas y profesorales en las que se contrabalancean irrisoriamente, pero con la cadencia de un metrónomo, proposiciones contradictorias?

Si se mide el éxito de una vida por el triunfo en una carrera y la adquisición de un sólido sistema intelectual, ¡qué fracaso! No es un verdadero trabajador manual, aunque sus manos estén callosas, ni tampoco es un hombre de ciencia ya que ha olvidado demasiadas cosas. Pero, en su caso particular, ¿no cabría pensar que estos resultados, tan humanamente decepcionantes, son la condición necesaria de la fecundidad? Ciertamente, este intelectual no sería lo que es si no hubiese sido llevado por su fidelidad a tales fracasos; si no hubiese tenido que afrontarlos cada día con la lucidez que sólo la fe permite. Precisamente la mediocridad de su situación social es su refugio. Ella le protege de los compromisos y pactos con cualquier forma de mundanidad y le asegura la independencia de su búsqueda.

[Traductor: Domingo Melero]

[Este artículo forma parte de Trabajo de la fe (cap. 1)
y se ha publicado en Cuadernos de la diáspora nº 4

También disponible en formato .pdf (249 Kb)