LA SEMANA SANTA DE TARRAGONA
Evangelio de San Mateo
Segunda Parte
Predicación de Jesús en Galilea
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Primer anuncio de la pasión.
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y al tercer día resucitar. Pedro, tomándole aparte, se puso a amonestarle, diciendo: "No quiera Dios, Señor, que esto suceda". Pero El, volviéndose, dijo a Pedro: "Retírate de mí, Satanás; tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres".
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Segundo anuncio de la pasión.
Estando reunidos en Galilea, díjoles Jesús: "El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los hombres, que le matarán, y al tercer día resucitará. Y se pusieron muy tristes".
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Tercer anuncio de la pasión.
Subía Jesús a Jerusalén, y tomando aparte a los doce discípulos, les dijo por el camino: "Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará.
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Tercera Parte
Ministerio de Jesús en Jerusalén
Entrada triunfal en Jerusalén.
Cuando, próximos ya a Jerusalén, llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: "Id a la aldea que está enfrente, y luego encontraréis una borrica atada, y con ella el pollino; soltadlos y traédmelos, y si algo os dijeren, diréis: "El Señor los necesita", y al instante los dejarán". Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el profeta:
"Decid a la hija de Sión: "He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de borrica"". Fueron los discípulos e hicieron como les había mandado Jesús; y trajeron la borrica y el pollino, y pusieron sobre éste los mantos, y encima de ellos montó Jesús. La numerosísima muchedumbre extendía sus mantos por el camino, mientras otros, cortando ramos de árboles, lo alfombraban. La multitud que le precedía y la que le seguía gritaba, diciendo:
"Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor; hosanna en las alturas".
Y cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió y decía: "¿Quién es éste?" Y la muchedumbre respondía: "Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea".
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Cuarta Parte
Pasión y Resurrección de Jesucristo
La conspiración de los judíos.
Cuando Jesús hubo terminado estos discursos, dijo a sus discípulos: "Sabéis que dentro de dos días es la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que le crucifiquen". Se reunieron por entonces los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del pontífice, llamado Caifás, y se consultaron sobre cómo apoderarse con engaño de Jesús para darle muerte. Pero se decían: "Que no sea durante la fiesta, no vaya a alborotarse el pueblo".
La unción en Betania.
Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, se llegó a El una mujer con un frasco de alabastro lleno de costoso ungüento y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba recostado a la mesa. Al verlo se enojaron los discípulos y dijeron: "¿A qué este derroche? Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres". Dándose Jesús cuenta de esto, les dijo: "¿Por qué molestáis a esta mujer? Obra buena es la que conmigo ha hecho. Porque pobres, en todo tiempo los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Derramando este ungüento sobre mi cuerpo, me ha ungido para mi sepultura. En verdad os digo, dondequiera que sea predicado este evangelio en todo el mundo, se hablará también de lo que ha hecho ésta, para memoria suya".
La traición de Judas.
Entonces se fue uno de los doce, llamado Judas Iscariote, a los príncipes de los sacerdotes y les dijo: "¿Qué me dais y os lo entrego?" Se convinieron en treinta piezas de plata, y desde entonces buscaba ocasión para entregarle.
La última cena de Jesús.
El día primero de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: "¿Dónde quieres que preparemos para comer la Pascua?". El les dijo: "Id a la ciudad a casa de Fulano y decidle; El Maestro dice: Mi tiempo está próximo; quiero celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos". Y los discípulos hicieron como Jesús les ordenó y prepararon la Pascua. Llegada la tarde, se puso a la mesa con los doce discípulos, y mientras comían dijo: "En verdad os digo que uno de vosotros me entregará." Muy entristecidos, comenzaron a decirle cada uno: "¿Soy, acaso, yo, Señor?". El respondió: "El que conmigo mete la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre sigue su camino como de El está escrito; pero ¡desdichado de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado!; mejor le fuera a ése no haber nacido". Tomó la palabra Judas, el que iba a entregarle, y dijo: "¿Soy, acaso, yo, Rabbí?" Y El respondió: "Tú lo has dicho".
Institución de la Eucaristía.
Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: "Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados. Yo os digo que no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros nuevo en el reino de mi Padre."
Predicción sobre la conducta de los discípulos.
Y dichos los himnos, salieron camino del monte de los Olivos. Entonces les dijo Jesús: "Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche, porque escrito está: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas de la manada. Pero después de resucitado os precederé a Galilea". Tomó Pedro la palabra y le dijo: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo jamás me escandalizaré". Respondióle Jesús: "En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces". Díjole Pedro: "Aunque tenga que morir contigo, no te negaré". Y lo mismo decían todos los discípulos.
La oración de Getsemaní.
Entonces vino Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y les dijo: "Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar". Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y angustiarse. Entonces les dijo: "Triste está mi alma hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo". Y adelantándose un poco, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: "Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú". Y viniendo a los discípulos, los encontró dormidos, y dijo a Pedro: "¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca". De nuevo, por segunda vez, fue a orar, diciendo: "Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad". Y volviendo otra vez, los encontró dormidos; tenían los ojos cargados. Dejándolos, de nuevo se fue a orar por tercera vez, diciendo aún las mismas palabras. Luego vino a los discípulos y les dijo: "Dormid ya y descansad, que ya se acerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; ya llega el que va a entregarme".
La prisión de Jesús.
Aún estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran turba, armada de espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que iba a entregarle les dio una señal, diciendo: "Aquel a quien yo besare, ése es; prendedle". Y al instante, acercándose a Jesús, dijo: "Salve, Rabbí". Y le besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¿a qué vienes?" Entonces se adelantaron y echaron las manos sobre Jesús, apoderándose de El. Uno de los que estaban con Jesús extendió la mano, y sacando la espada, hirió a un siervo del pontífice, cortándole una oreja. Jesús entonces le dijo: "Vuelve tu espada a su vaina, pues quien toma la espada, a espada morirá. ¿O crees que no puedo rogar a mi Padre, que me enviaría luego doce legiones de ángeles? ¿Cómo van a cumplirse las Escrituras de que así conviene que sea?". Entonces dijo Jesús a la turba: ¿Como a ladrón habéis salido con espadas y garrotes a prenderme? Todos los días me sentaba en el templo para enseñar, y no me prendisteis". Pero todo esto sucedió para que se cumpliesen las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron.
Jesús ante el Sanedrín.
Los que prendieron a Jesús le llevaron a casa de Caifás, el pontífice, donde los escribas y los ancianos se habían reunido. Pedro les siguió de lejos hasta el palacio del pontífice, y entrando dentro, se sentó con los servidores para ver en qué paraba aquello. Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban falsos testimonios contra Jesús para condenarle a muerte, pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: "Este ha dicho: Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días edificarlo". Levantándose el pontífice, le dijo: "¿Nada respondes? ¿Qué dices a lo que éstos testifican contra ti?". Pero Jesús callaba, y el pontífice le dijo: "Te conjuro por Dios vivo; di si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios". Díjole Jesús: "Tú lo has dicho. Y yo os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo". Entonces el pontífice rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Acabáis de oir la blasfemia. ¿Qué os parece?". Ellos respondieron: "Reo es de muerte". Entonces comenzaron a escupirle en el rostro y a darle puñetazos, y otros le herían en la cara, diciendo: "Profetízanos, Cristo, ¿quién es el que te hirió?".
La negación de Pedro.
Entre tanto, Pedro estaba sentado fuera en el atrio; se le acercó una sierva diciendo: "Tú también estabas con Jesús de Galilea". El negó ante todos, diciendo: "No sé lo que dices". Pero cuando salía hacia la puerta, le vio otra sierva y dijo a los circunstantes: "Este estaba con Jesús el Nazareno". Y de nuevo negó con juramento: "No conozco a ese hombre". Poco después se llegaron a él los que allí estaban y le dijeron: "Cierto que tú eres de los suyos, pues tu mismo hablar te descubre". Entonces comenzó él a maldecir y a jurar: "¡Yo no conozco a ese hombre!" Y al instante cantó el gallo. Pedro se acordó de lo que Jesús le había dicho: "Antes que cante el gallo me negarás tres veces"; y saliendo fuera, lloró amargamente.
Jesús, conducido ante Pilato.
Llegada la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tuvieron consejo contra Jesús para quitarle la vida; y atado le llevaron al procurador Pilato.
Fin desastroso de Judas.
Viendo entonces Judas, el que le había entregado, cómo era condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y ancianos, diciendo: "He pecado entregando sangre inocente". Dijeron ellos: "¿A nosotros qué? Viéraslo tú". Y arrojando las monedas de plata en el templo, se retiró, fue y se ahorcó. Los príncipes de los sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: "No es lícito echarlas al tesoro, pues son precio de sangre". Y resolvieron en consejo comprar con ellas el campo del Alfarero para sepultura de peregrinos. Por eso aquel campo se llamó Campo de la Sangre hasta el día de hoy. Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías: "Y tomaron treinta piezas de plata, el precio en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los hijos de Israel, y las dieron por el campo del Alfarero, como el Señor me lo había ordenado".
Proceso de Jesús ante Pilato.
Jesús fue presentado ante el procurador, que le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Respondió Jesús: "Tú lo dices". Pero a las acusaciones hechas por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos nada respondía. Díjole entonces Pilatos: "¿No oyes todo lo que dicen contra ti?". Pero El no respondía a nada, de suerte que el procurador se maravilló sobremanera. Era costumbre que el procurador, con ocasión de la fiesta, diese a la muchedumbre la libertad de un preso, el que pidieran. Había entonces un preso famoso llamado Barrabás. Estando, pues, reunidos, les dijo Pilato: "¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?". Pues sabía que por envidia se lo habían entregado. Mientras estaba sentado en el tribunal, envió su mujer a decirle: "No te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él". Pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la muchedumbre que pidieran a Barrabás e hicieran perecer a Jesús. Tomando la palabra el procurador, les dijo: "¿A quién de los dos queréis que os dé por libre?". Ellos respondieron: "A Barrabás". Díjoles Pilato: "Entonces, ¿qué queréis que haga con Jesús, el llamado Cristo?". Todos dijeron: "Crucifíquenle". Dijo el procurador: "¿Y qué mal ha hecho?". Ellos gritaron más, diciendo: "¡Crucifíquenle!". Viendo, pues, Pilato que nada conseguía, sino que el tumulto crecía cada vez más, tomó agua y se lavó las manos delante de la muchedumbre, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre; vosotros veáis". Y todo el pueblo contestó diciendo: "Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, se lo entregó para que le crucificaran.
Jesús, escarnecido por los soldados.
Entonces los soldados del procurador, tomando a Jesús, lo condujeron al pretorio ante toda la cohorte, y despojándole de sus vestiduras, le echaron encima una clámide de púrpura, y, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y en la mano una caña; y doblando ante El la rodilla, se burlaban diciendo: "¡Salve, rey de los judíos!". Y escupiéndole, tomaban la caña y le herían con ella en la cabeza. Después de haberse divertido con El, le quitaron la clámide, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar.
La crucifixión.
Al salir se encontraron a un hombre de Cirene, de nombre Simón, al cual requirieron para que llevase la cruz. Llegando al sitio llamado Gólgota, que quiere decir el lugar de la calavera, diéronle a beber vino mezclado con hiel; mas en cuanto lo gustó, no quiso beberlo. Así que le crucificaron, se dividieron sus vestidos echándolos a suertes, y sentados hacían la guardia allí. Sobre su cabeza pusieron escrita su causa: "Este es Jesús, el Rey de los judíos". Entonces fueron crucificados con El dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los que pasaban le injuriaban, moviendo la cabeza y diciendo: "Tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo; si eres hijo de Dios, baja de esa cruz".
E igualmente los príncipes de los sacerdotes, con los escribas y ancianos, se burlaban y decían: "Salvó a otros y a sí mismo no puede salvarse. Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en El. Ha puesto su confianza en Dios; que El le libre ahora, si es que le quiere, puesto que ha dicho: "Soy el Hijo de Dios"". Asimismo los bandidos que con El estaban crucificados le ultrajaban.
La muerte de Jesús.
Desde la hora de sexta se extendieron las tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora de nona. Hacia la hora de nona exclamó Jesús con voz fuerte, diciendo: "¡Eli, Eli, lema sabachtani!". Que quiere decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?". Algunos de los que allí estaban, oyéndolo, decían: "A Elías llama éste". Luego, corriendo, uno de ellos tomó una esponja, la empapó de vinagre, la fijó en una caña y le dio a beber. Otros decían: "Deja; veamos si viene Elías a salvarle". Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.
El duelo por Jesús.
La cortina del templo se rasgó de arriba abajo en dos partes, la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron, y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de El, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y los que con él guardaban a Jesús, viendo el terremoto y cuanto había sucedido, temieron sobremanera y se decían: "Verdaderamente, éste era hijo de Dios". Había allí, mirándole desde lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle; entre ellas María Magdalena y María la madre de Santiago y José y la madre de los hijos de Zebedeo.
Sepultura de Jesús.
Llegada la tarde, vino un hombre rico de Arimatea, de nombre José, discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato entonces ordenó que le fuese entregado. El, tomando el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en su propio sepulcro, del todo nuevo, que había sido excavado en la peña, y corriendo una piedra grande a la puerta del sepulcro, se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
La guardia del sepulcro por los judíos.
Al otro día, que era el siguiente a la Parasceve, fueron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: "Señor, recordamos que ese impostor, vivo aún, dijo: "Después de tres días resucitaré". Manda, pues, guardar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, le roben y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos". Y será la última impostura peor que la primera". Díjoles Pilato: Ahí tenéis la guardia; id y guardadlo como vosotros sabéis". Ellos fueron y pusieron guardia al sepulcro después de haber sellado la piedra.
La mañana de Pascua.
Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de la semana, vino María Magdalena con la otra María a ver el sepulcro. Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron como muertos. El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo: "No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue puesto. Id luego y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos y que os precede a Galilea; allí le veréis. Es lo que tenía que deciros". Partieron ligeras del monumento, llenas de temor y de gran gozo, corriendo a comunicarlo a los discípulos. Jesús les salió al encuentro, diciéndoles: "Dios os salve". Ellas, acercándose, le cogieron los pies y se postraron ante El. Díjoles entonces Jesús: "No temáis; id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán".
El anuncio a los judíos.
Mientras iban ellas, algunos de los guardias vinieron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido. Reunidos éstos en consejo con los ancianos, tomaron bastante dinero y se lo dieron a los soldados, diciéndoles: "Decid que, "viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos". Y si llegase la cosa a oídos del procurador, nosotros le aplacaremos y estaréis seguros". Ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había dicho. Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy.
La aparición del Señor en Galilea.
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, y, viéndole, se postraron; algunos vacilaron, y, acercándose Jesús, les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo".