LA SEMANA SANTA DE TARRAGONA


Evangelio de San Lucas

 

Segunda Parte

Predicación de Jesús en Galilea

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La confesión de Pedro

Aconteció que orando El a solas, estaban con El los discípulos, a los cuales preguntó: "¿Quién dicen las muchedumbres que soy yo?". Respondiendo ellos, le dijeron: "Juan Bautista; otros, Elías; otros, que uno de los antiguos profetas ha resucitado". Díjoles El: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?". Respondiendo Pedro, dijo: "El Cristo de Dios". El les prohibió decir esto a nadie, añadiendo: "Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho y que sea rechazado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y sea muerto y resucite al tercer día".

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Profecía de la pasión

Admirándose todos de cuanto hacía, dijo El a sus discípulos: "Estad atentos a lo que voy a deciros: El Hijo del hombre ha de ser entregado en poder de los hombres". Pero ellos no sabían lo que significaban estas palabras, que estaban para ellos veladas, de manera que no las entendieron, y temían preguntarle sobre ellas.

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Tercera Parte

Camino de Jerusalén

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Nuevo vaticinio de la pasión

Tomando aparte a los doce, les dijo: "Mirad, subimos a Jerusalén y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas del Hijo del hombre, que será entregado a los gentiles, y escarnecido, e insultado, y escupido, y después de haberle azotado, le quitarán la vida, y al tercer día resucitará". Pero ellos no entendían nada de esto, eran cosas ininteligibles para ellos, no entendían lo que les decía.

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Cuarta Parte

Ministerio de Jesús en Jerusalén

Entrada triunfal en Jerusalén

Al acercarse a Betfagé y Betania, en el monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Id a la aldea de enfrente, y en entrando en ella, hallaréis un pollino atado, que todavía no ha sido montado por nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguno os dijere: "¿Por qué le soltáis?", diréis así: "El Señor tiene de él necesidad"". Fueron los enviados y lo hallaron así como les había dicho. Desatando ellos el pollino, les dijeron sus amos: "¿Por qué desatáis el pollino?". Les respondieron: "El Señor tiene necesidad de él". Lo llevaron a Jesús, y echando sus mantos sobre el pollino, montaron a Jesús.

Según El iba, extendían sus vestidos en el camino. Cuando ya se acercaba a la bajada del monte de los Olivos, comenzó la muchedumbre de los discípulos a alabar alegres a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: "Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas". Algunos fariseos de entre la muchedumbre le dijeron: "Maestro, reprende a tus discípulos". El contestó y dijo: "Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras".

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Quinta Parte

Pasión y resurrección del Salvador

La conspiración contra Jesús

Estaba cerca la fiesta de los Acimos, que se llama la Pascua. Los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo quitarle de en medio, porque temían al pueblo. Entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los doce, y fue a tratar con los príncipes de los sacerdotes y los oficiales sobre la manera de entregárselo. Ellos se alegraron y convinieron con él en darle dinero. Puestos de acuerdo, buscaba ocasión para entregárselo sin ruido.

La preparación de la última cena

Llegó, pues, el día de los Acimos, en que habían de sacrificar la Pascua, y envió a Pedro y a Juan, diciendo: "Id y preparadnos la Pascua para que la comamos". Ellos le dijeron: "¿Dónde quieres que la preparemos?". Díjoles El: "En entrando en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre con un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre y decid al amo de la casa: "El Maestro te dice: "¿Dónde está la sala en que he de comer la Pascua con mis discípulos?"". El os mostrará una sala grande, aderezada; preparadla allí". E idos, encontraron al que les había dicho, y prepararon la Pascua.

Institución de la Eucaristía

Cuando llegó la hora se puso a la mesa; y los apóstoles con El. Y díjoles: "Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que no la comeré más hasta que sea cumplida en el reino de Dios. Tomando el cáliz, dio gracias y dijo: Tomadlo y distribuidlo entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios".

Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: "Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía". Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. Mirad, la mano del que me entrega está conmigo a la mesa. Porque el Hijo del hombre va su camino, según está decretado, pero ¡ay de aquél por quien será entregado!. Ellos comenzaron a preguntarse unos a otros sobre quién de ellos sería el que había de hacer esto.

Cuestión de la primacía

Se suscitó entre ellos una contienda sobre quién de ellos había de ser tenido por mayor. El les dijo: "Los reyes de las naciones imperan sobre ellas y los que ejercen la autoridad sobre las mismas son llamados bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado? Pues yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas, y yo dispongo del reino en favor vuestro, como mi Padre ha dispuesto de él en favor mío, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino y os sentéis sobre tronos como jueces de las doce tribus de Israel".

La prueba de Pedro y el vaticinio de la negación

"Simón, Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos". Díjole él: "Señor, preparado estoy para ir contigo no sólo a la prisión, sino a la muerte". El dijo: "Yo te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme".

La gran prueba que se acerca

Y les dijo: "Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas, sin sandalias, ¿os faltó alguna cosa?". Dijeron ellos: "Nada". Y les añadió: "Pues ahora el que tenga bolsa, tómela, e igualmente la alforja, y el que no la tenga, venda su manto y compre una espada. Porque os digo que ha de cumplirse en mí esta escritura: "Fue contado entre los malhechores"; porque también lo que a mí toca llega a su término". Dijéronle ellos: "Aquí hay dos espadas". Respondióles: "Es bastante".

La oración de Getsemaní

Saliendo, se fue, según costumbre, al monte de los Olivos, y le siguieron también sus discípulos. Llegado allí, díjoles: "Orad para que no entréis en tentación". Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y, puesto de rodillas, oraba, diciendo: "Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Se le apareció un ángel del cielo, que le confortaba. Lleno de angustia, oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra. Levantándose de la oración, vino a los discípulos, y encontrándolos adormilados por la tristeza, les dijo: "¿Por qué dormís? Levantaos y orad para que no entréis en tentación".

La prisión

Aún estaba El hablando, y he aquí que llegó una turba, y el llamado Judas, uno de los doce, los precedía, el cual, acercándose a Jesús, le besó. Jesús le dijo: "Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?". Viendo los que estaban en torno de El lo que iba a suceder, le dijeron: "Señor, ¿herimos con la espada?". Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote y le llevó la oreja derecha. Tomando Jesús la palabra, le dijo: "Basta ya. Dejad"; y tocando la oreja, le curó. Dijo Jesús a los príncipes de los sacerdotes, oficiales del templo y ancianos que habían venido contra El: "¿Como contra un ladrón habéis venido con espadas y garrotes?. Estando yo cada día en el templo con vosotros, no extendisteis las manos en mí; pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas".

La negación de Pedro

Apoderándose de El, le llevaron e introdujeron en casa del sumo sacerdote; Pedro le seguía de lejos. Habiendo encendido fuego en medio del atrio y sentándose, Pedro se sentó también entre ellos. Viéndole una sierva sentado a la lumbre y fijándose en él, dijo: "Este estaba también con El". El lo negó, diciendo: "No le conozco, mujer". Después de un poco, le vio otro, y dijo: "Tú eres también de ellos". Pedro dijo: "Hombre, no soy". Transcurrida cosa de una hora, otro insistió, diciendo: "En verdad que éste estaba con El, porque es galileo". Dijo Pedro: "Hombre, no sé lo que dices". Al instante, hablando aún él, cantó el gallo. Vuelto el Señor, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor, cuando le dijo: "Antes que el gallo cante hoy me negarás tres veces"; y saliendo fuera, lloró amargamente.

Jesús escarnecido

Los que le guardaban se burlaban de El y le maltrataban, y vendándole, le preguntaban, diciendo: "Profetízanos, ¿quién es el que te hirió?". Y otras muchas injurias proferían contra El.

El consejo y la condenación

Cuando fue de día se reunió el consejo de los ancianos del pueblo, y los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y le condujeron ante su tribunal, diciendo: "Si eres el Mesías, dínoslo". El les contestó: "Si os lo dijere, no me creeréis; y si os preguntare, no responderéis; pero el Hijo del hombre estará sentado desde ahora a la diestra del poder de Dios". Todos dijeron: "¿Luego eres tú el Hijo de Dios?". Díjoles: "Vosotros lo decís, yo soy". Dijeron ellos: "¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca".

Acusación ante Pilato

Levantándose todos, le llevaron a Pilato, y comenzaron a acusarle, diciendo: "Hemos encontrado a éste pervirtiendo a nuestro pueblo; prohibe pagar tributo al César y dice ser El el Mesías rey". Pilato le preguntó, diciendo: "¿Eres tú el rey de los judíos?". El respondió y dijo: "Tú lo dices". Pilato dijo a los príncipes de los sacerdotes y a la muchedumbre: "Ningún delito hallo en este hombre". Pero ellos insistían, diciendo: "Subleva al pueblo enseñando por toda la Judea, desde Galilea hasta aquí".

Presentación a Herodes

Oyendo esto Pilato, preguntó si aquel hombre era galileo, y enterado de que era de la jurisdicción de Herodes, le envió a éste, que estaba también en Jerusalén por aquellos días. Viendo Herodes a Jesús, se alegró mucho, pues desde hacía bastante tiempo deseaba verle, porque había oído hablar de El y esperaba ver de El alguna señal. Le hizo bastantes preguntas, pero El no le contestó nada. Estaban presentes los príncipes de los sacerdotes y los escribas, que insistentemente le acusaban. Herodes con su escolta le despreció, y por burla le vistió una vestidura blanca y se lo devolvió a Pilato. En aquel día se hicieron amigos uno del otro, Herodes y Pilato, pues antes eran enemigos.

Jesús y Barrabás

Pilato, convocando a los príncipes de los sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: "Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, y habiéndole interrogado y ante vosotros, no hallé en él delito alguno de los que alegáis contra El. Y ni aún Herodes, pues nos lo ha vuelto a enviar. Nada, pues, ha hecho digno de muerte. Le corregiré y le soltaré". Tenía que soltarles uno por la fiesta. Pero todos a una comenzaron a gritar, diciendo: "Quítale y suéltanos a Barrabás", el cual había sido encarcelado por un motín ocurrido en la ciudad y por homicidio. De nuevo Pilato se dirigió a ellos, queriendo librar a Jesús. Pero ellos gritaban diciendo: "Crucifícale, crucifícale". Por tercera vez les dijo: "¿Qué mal ha hecho? Yo no encuentro en El nada digno de muerte; le corregiré y le soltaré". Pero ellos a grandes voces instaban pidiendo que fuese crucificado, y sus voces prevalecieron. Decidió, pues, Pilato acceder a su petición. Soltó al que por motín y homicidio había sido puesto en la cárcel, según le pedían, y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

Camino del Gólgota

Cuando le llevaban echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevase en pos de Jesús. Le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, que se herían y lamentaban por El. Vuelto a ellas Jesús, dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque días vendrán en que se dirá: "Dichosas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no amamantaron". Entonces dirán a los montes: "Caed sobre nosotros", y a los collados: "Ocultadnos", porque si esto se hace con el leño verde, en el seco, ¿qué será?". Con El llevaban otros dos malhechores para ser ejecutados.

La crucifixión

Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Dividiendo sus vestidos, echaron suerte sobre ellos. El pueblo estaba allí mirando, y los príncipes mismos se burlaban, diciendo: "A otros salvó; sálvese a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido". Y le escarnecían también los soldados, que se acercaban a El ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo". Había también una inscripción sobre El: "Este es el rey de los judíos".

Los dos ladrones

Uno de los malhechores crucificados le insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a ti mismo y a nosotros". Pero el otro, tomando la palabra, le reprendía, diciendo: "¿Ni tú, que estás sufriendo el mismo suplicio, temes a Dios?. En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho". Y decía: "Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino". El le dijo: "En verdad te digo, hoy serás conmigo en el paraíso". Era ya como la hora de sexta, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora de nona, obscurecióse el sol y el velo del templo se rasgó por medio. Jesús, dando una gran voz, dijo: "Padre, en tus manos entrego mi espíritu"; y diciendo esto expiró.

La hora de la verdad

Viéndolo el centurión, glorificó a Dios, diciendo: "Verdaderamente este hombre era justo". Toda la muchedumbre que había asistido a aquel espectáculo, viendo lo sucedido, se volvía hiriéndose el pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido de Galilea estaban a distancia y contemplaban todo esto.

La sepultura

Un varón de nombre José, que era miembro del consejo, hombre bueno y justo, que no había dado su asentimiento a la resolución y a los actos de aquéllos, originario de Arimatea, ciudad de Judea, que esperaba el reino de Dios, se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús; y bajándole, le envolvió en una sábana y le depositó en un monumento cavado en la roca, donde ninguno había sido aún sepultado. Era día de la Parasceve y estaba para comenzar el sábado. Las mujeres que habían venido con El de Galilea le siguieron y vieron el monumento y cómo fue depositado su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y mirra. Durante el sábado se estuvieron quietas por causa del precepto.

El sepulcro vacío

Pero el primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al monumento, trayendo los aromas que habían preparado, y encontraron removida del monumento la piedra, y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Estando ellas perplejas sobre esto, se les presentaron dos hombres vestidos de vestiduras deslumbrantes. Mientras ellas se quedaron aterrorizadas y bajaron la cabeza hacia el suelo, les dijeron: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?. No está aquí, ha resucitado. Acordaos cómo os habló estando aún en Galilea, diciendo que el Hijo del hombre había de ser entregado en poder de pecadores, y ser crucificado, y resucitar al tercer día". Ellas se acordaron de sus palabras, y volviendo del monumento, comunicaron todo esto a los once y a todos los demás. Eran María la Magdalena, Juan  y María de Santiago y las demás que estaban con ellas. Dijeron esto a los apóstoles, pero a ellos les parecieron desatinos tales relatos y no los creyeron. Pero Pedro se levantó y corrió al monumento, e inclinándose vio sólo los lienzos, y se volvió a casa admirado de lo ocurrido.

En el camino de Emaús

El mismo día, dos de ellos iban a una aldea, que dista de Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús, y hablaban entre sí de todos estos acontecimientos. Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle. Y les dijo: "¿Qué discursos son estos que vais haciendo entre vosotros mientras camináis?" Ellos se detuvieron entristecidos, y tomando la palabra uno de ellos por nombre Celofás, le dijo: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días?". El les dijo: "¿Cuáles?". Contestáronle: "Lo de Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado. Nosotros esperábamos que sería El quien rescataría a Israel; mas, con todo, van ya tres días desde que esto ha sucedido. Nos asustaron ciertas mujeres de las nuestras que, yendo de madrugada al monumento, no encontraron su cuerpo, y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron al monumento y hallaron las cosas como las mujeres decían, pero a El no le vieron".

Y El les dijo: "¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?". Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a El se refería en todas las Escrituras. Se acercaron a la aldea adonde iban, y El fingió seguir adelante. Obligáronle diciéndole: "Quédate con nosotros, pues el día ya declina". Y entró para quedarse con ellos.

Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y desapareció de su presencia. Se dijeron unos a otros; "¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras?". En el mismo instante se levantaron, y volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que les dijeron: "El Señor en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Simón". Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo le reconocieron en la fracción del pan.

Aparición a los once

Mientras esto hablaban, se presentó en medio de ellos y les dijo: "La paz sea con vosotros". Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. El les dijo: "¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón esos pensamientos?. Ved mis manos y mis pies, que yo soy. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo". Diciendo esto, les mostró las manos y los pies. No creyendo aún ellos, en fuerza del gozo y de la admiración, les dijo: "¿Tenéis aquí algo que comer?". Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo, comió delante de ellos.

Últimas instrucciones

Les dijo: "Esto es lo que yo os decía estando aún con vosotros, que era preciso que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos de mí". Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: "Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros daréis testimonio de esto. Pues yo os envío la promesa de mi Padre; pero habéis de permanecer en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder de lo alto".

Ascensión

Los llevó hasta cerca de Betania, y levantando sus manos, les bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante El y se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios.