LA SEMANA SANTA DE TARRAGONA


Evangelio de San Juan

 

Primera Parte

Predicación de Jesucristo en Galilea y en Judea

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Entrada triunfal en Jerusalén

Al día siguiente, la numerosa muchedumbre que había venido a la fiesta, habiendo oído que Jesús llegaba a Jerusalén, tomaron ramos de palmera y salieron a su encuentro gritando: "¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor y el Rey de Israel".

Habiendo Jesús encontrado un pollino, montó sobre él, según está escrito: "No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey montado sobre un pollino de asna". Esto no lo entendieron, desde luego, los discípulos; pero cuando fue glorificado Jesús, entonces recordaron que de El estaban escritas estas cosas que ellos le habían hecho. Le rendía testimonio la muchedumbre que estaba con El cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de entre los muertos. También por esto le salió al encuentro la multitud, porque habían oído que había hecho este milagro. Entre tanto, los fariseos se decían: "Ya veis que no adelantamos nada. Ya veis que todo el mundo se va en pos de El".

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Segunda Parte

Pasión y resurrección de Jesucristo

Lavatorio de los pies

Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó. Y comenzada la cena, como el diablo hubiese ya puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle; con saber que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que había salido de Dios y a El se volvía, se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida.

Llegó, pues, a Simón Pedro, que le dijo: "Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?". Respondió Jesús y le dijo: "Lo que yo hago, tú no lo sabes ahora; lo sabrás después". Díjole Pedro: "Jamás me lavarás tú los pies". Le contestó Jesús: "Si no te los lavare, no tendrás parte conmigo". Simón Pedro le dijo: "Señor, entonces, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza". Jesús les dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse, está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos". Porque sabía quién había de entregarle, y por eso dijo: "No todos estáis limpios". Cuando les hubo lavado los pies, y tomando sus vestidos, y puéstose de nuevo a la mesa, les dijo: "¿Entendéis lo que he hecho con vosotros?. Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho. En verdad, en verdad os digo: No es el siervo mayor que su señor, ni el enviado mayor que quien le envía. Si esto aprendéis, sereis dichosos si lo practicáis. No lo digo de todos vosotros; yo sé a quiénes escogí; mas lo digo para que se cumpla la Escritura: "El que come mi pan, levantó contra mi su calcañar". Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy. En verdad, en verdad os digo que quien recibe al que yo enviare, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a quien me ha enviado".

Anuncio de la traición

Dicho esto, se turbó Jesús en su espíritu, y demostrándolo, dijo: "En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará". Se miraban los discípulos unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de ellos, el amado de Jesús, estaba recostado ante el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señal, diciéndole: "Pregúntale de quién habla". El que estaba recostado ante el pecho de Jesús, le dijo: "Señor, ¿quién es?". Jesús le contestó: "Aquel a quien yo mojare y diere un bocado". Y mojando un bocado, lo tomó y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Después del bocado, en el mismo instante, entró en él Satanás. Jesús le dijo: "Lo que has de hacer, hazlo pronto". Ninguno de los que estaban a la mesa conoció a qué propósito decía aquello. Algunos pensaron que, como Judas tenía la bolsa, le decía Jesús: Compra lo que necesitamos para la fiesta, o que diese algo a los pobres. El, tomando el bocado, se salió luego; era de noche.

Comienza la despedida

Así que salió, dijo Jesús: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en El. Si Dios ha sido glorificado en El, Dios también le glorificará a El, y le glorificará en seguida. Hijitos míos, un poco aún estaré todavía con vosotros; me buscaréis, y como dije a los judíos: A donde yo voy, vosotros no podéis venir, también os lo digo a vosotros ahora. Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos; si tenéis caridad unos para con otros.

La negación de Pedro

Díjole Simón Pedro: "Señor, ¿adónde vas?". Respondió Jesús: "A donde yo voy, no puedes tú seguirme ahora; me seguirás más tarde". Pedro le dijo: "Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré por ti mi vida". Respondió Jesús: "¿Darás por mí tu vida? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo antes que tres veces me niegues".

Volverán a encontrarse cerca del Padre

"No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros. Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino".

Díjole Tomás: "No sabemos adónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?". Jesús le dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis visto". Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". Jesús le dijo: "Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido?. El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?. Las palabras que yo os digo no las hablo de mí mismo; el Padre, que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; a lo menos, creedlo por las obras".

Promesas hechas a los discípulos para la ausencia

"En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, ése hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas, porque yo voy al Padre; y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo la haré. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis, porque permanece con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis. En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él".

Díjole Judas, no el Iscariote: "Señor, ¿qué ha sucedido para que hayas de manifestarte a nosotros y no al mundo?". Respondió Jesús y les dijo: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada. El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho".

Despedida y palabras de aliento

"La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo. No se turbe vuestro corazón ni se intimide. Habéis oído lo que os dije: Me voy y vengo a vosotros. Si me amarais, os alegraríais, pues voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo, que en mí no tiene nada; pero conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago. Levantaos, vámonos de aquí".

La alegoría de la vid

"Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no lleve fruto, lo cortará; y todo el que dé fruto, lo podará, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis en mí. Yo soy la vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. El que no permanece en mí es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que quisiereis, y se os dará. En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis discípulos míos".

Los discípulos, elevados a la categoría de amigos

Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo guardé los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor. Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi precepto; que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando; que os améis unos a otros".

Odio del mundo contra Jesús y los suyos

"Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaren mi palabra, también guardarán la vuestra. Pero todas estas cosas haránlas con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. Si no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. El que me aborrece a mí, aborrece también a mi Padre. Si no hubiera hecho entre ellos obras que ninguno otro hizo, no tendrían pecado; pero ahora no sólo han visto, sino que me aborrecieron a mí y a mi Padre. Pero es para que se cumpla la palabra que en la Ley de ellos está escrita: Me aborrecieron sin motivo.

Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo".

Anuncio de la persecución judía

"Esto os he dicho para que no os escandalicéis. Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron al Padre ni a mí. Pero yo os he dicho estas cosas para que, cuando llegue la hora, os acordéis de ellas y de que yo os las he dicho; esto no os lo dije desde el principio porque estaba con vosotros".

La promesa del Espíritu Santo

"Mas ahora voy al que me ha enviado y nadie de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas?. Antes, porque os hablé estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza. Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os le enviaré. Y en viniendo éste, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no creyeron en mí; de justicia, porque voy al Padre y no me veréis más; de juicio, porque el príncipe de este mundo está ya juzgado. Muchas cosas tengo aún que deciros, mas no podéis llevarlas ahora; pero cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras. El me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que tomará de lo mío y os lo hará conocer".

El gozo tras la tristeza

"Todavía un poco, y ya no me veréis, y todavía otro poco, y me veréis". Dijéronse entonces algunos de los discípulos: "¿Qué es esto que nos dice: Todavía un poco y no me veréis y todavía otro poco y me veréis?". Y: "Porque voy al Padre". Decían, pues: "¿Qué es esto que dice un poco?. No sabemos lo que dice".

Conoció Jesús que querían preguntarle, y les dijo: "¿De esto inquirís entre vosotros porque os he dicho: Todavía un poco, y no me veréis, y todavía otro poco, y me veréis?. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo. La mujer, cuando pare, siente tristeza, porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tribulación, por el gozo que tiene de haber venido al mundo un hombre. Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría. En aquel día no me preguntaréis nada; en verdad, en verdad os digo: Cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo".

Promesas de una revelación más clara

"Esto os lo he dicho en parábolas; llega la hora en que ya no os hablaré más en parábolas. Antes os hablaré claramente del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado y creído que yo he salido de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre". Dijéronle los discípulos: "Ahora hablas claramente y no dices parábola alguna. Ahora sabemos que conoces todas las cosas y que no necesitas que nadie te pregunte; en esto creemos que has salido de Dios". Respondióles Jesús: "¿Ahora creéis?. He aquí que llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a mí me dejaréis solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad; yo he vencido al mundo".

Jesús ora al Padre por sí mismo

Esto dijo Jesús, y levantando sus ojos al cielo, añadió: "Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que tú le diste les dé El la vida eterna. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese".

Ruega por los discípulos

He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran, y tú me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti; porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos ahora las recibieron, y conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste; porque son tuyos, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Mientras yo estaba con ellos, yo conservaba en tu nombre a estos que me has dado, y los guardé, y ninguno de ellos pereció, si no es el hijo de la perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora yo vengo a ti, y hablo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo cumplido en si mismos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como no soy del mundo yo. Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados de verdad".

Ruega por todos los creyentes

"Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí. Padre, lo que tú me has dado, quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí, y éstos conocieron que tú me has enviado, y yo les di a conocer tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos".

Prisión de Jesús

En diciendo esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Judas, el que había de traicionarle, conocía el sitio, porque muchas veces concurría allí Jesús con sus discípulos. Judas, pues, tomando la cohorte y los alguaciles de los pontífices y fariseos, vino allí con linternas, y hachas, y armas. Conociendo Jesús todo lo que iba a sucederle, salió y les dijo: "¿A quién buscáis?". Respondiéronle: "A Jesús Nazareno". El les dijo: "Yo soy". Judas el traidor, estaba con ellos. Así que les dijo: "Yo soy", retrocedieron y cayeron en tierra.

Otra vez les preguntó: "¿A quién buscáis?". Ellos dijeron: "A Jesús Nazareno". Respondió Jesús: "Ya os dije que yo soy; si, pues, me buscáis a mí, dejad ir a éstos". Para que se cumpliese la palabra que había dicho: "De los que me diste no se perdió ninguno". Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó e hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco. Pero Jesús dijo a Pedro: "Mete la espada en la vaina; el cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?".

Conducción a casa de Anás

La cohorte, pues, y el tribuno y los alguaciles de los judíos se apoderaron de Jesús y le ataron, y le condujeron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, pontífice de aquel año. Era Caifás el que había aconsejado a los judíos: "Conviene que un hombre muera por el pueblo".

Primera negación de Pedro

Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del pontífice, y entró al tiempo que Jesús en el atrio del pontífice, mientras que Pedro se quedó fuera, a la puerta. Salió, pues, el otro discípulo conocido del pontífice y habló a la portera e introdujo a Pedro. La portera dijo a Pedro: "¿Eres tú acaso de los discípulos de este hombre?". El dijo: "No soy". Los siervos del pontífice y los alguaciles habían preparado un brasero, porque hacía frío, y se calentaban, y Pedro estaba también con ellos calentándose.

Jesús ante Caifás

El pontífice preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. Respondióle Jesús: "Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el templo, adonde concurren todos los judíos; nada hablé en secreto. ¿Qué me preguntas?. Pregunta a los que me han oído qué es lo que yo les he hablado; ellos deben saber lo que les he dicho". Habiendo dicho esto Jesús, uno de los alguaciles, que estaba a su lado, le dio una bofetada, diciendo: "¿Así respondes al pontífice?". Jesús le contestó: "Si hablé mal, muéstrame en qué, y si bien, ¿por qué me pegas?". Anás le envió atado a Caifás, el pontífice.

Segunda negación de Pedro

Entre tanto, Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: "¿No eres tú también de sus discípulos?". Negó él y dijo: "No soy". Díjole uno de los siervos del pontífice, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja: "¿No te he visto yo en el huerto con El?". Pedro negó de nuevo, y al instante cantó el gallo.

Jesús ante Pilato

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana. Ellos no entraron en el pretorio por no contaminarse, para poder comer la Pascua. Salió, pues, Pilato fuera y dijo: "¿Qué acusación traéis contra este hombre?". Ellos respondieron, diciéndole: "Si no fuera malhechor, no te lo traeríamos". Díjoles Pilato: "Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley". Le dijeron entonces los judíos: "Es que a nosotros no nos es permitido dar muerte a nadie". Para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, significando de qué muerte había de morir.

Entró Pilato de nuevo en el pretorio, y, llamando a Jesús, le dijo: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Respondió Jesús: "¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mí?". Pilato contestó: "¿Soy yo judío por ventura?. Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho?". Jesús respondió: "Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí". Le dijo entonces Pilato: "¿Luego tú eres rey?". Respondió Jesús: "Tú dices que soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz". Pilato le dijo: "¿Y qué es la verdad?". Y dicho esto, de nuevo salió a los judíos y les dijo: "Yo no hallo en éste ningún crimen".

Expediente para librarle

"Hay entre vosotros costumbre de que os suelte a uno en la Pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al rey de los judíos?". Entonces de nuevo gritaron, diciendo: "¡No a éste, sino a Barrabás!". Era Barrabás un bandolero.

Tomó entonces Pilato a Jesús y mandó azotarle. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le vistieron un manto de púrpura y, acercándose a El, le decían: "Salve, rey de los judíos"; y le daban de bofetadas. Otra vez salió fuera Pilato y les dijo: "Aquí os le traigo para que veáis que no hallo en El ningún crimen". Salió, pues, Jesús fuera con la corona de espinas y el manto de púrpura, y Pilato les dijo: "Ahí tenéis al hombre". Cuando le vieron los príncipes de los sacerdotes y sus satélites, gritaron, diciendo: "¡Crucifícale, crucifícale!". Díjoles Pilato: "Tomadle vosotros y crucificadle, pues yo no hallo crimen en El". Respondieron los judíos: "Nosotros tenemos una ley, y, según la ley, debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios".

Tercer interrogatorio

Cuando Pilato oyó estas palabras temió más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: "¿De dónde eres tú?". Jesús no le dio respuesta ninguna. Díjole entonces Pilato: "¿A mí no me respondes? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?". Respondióle Jesús: "No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto; por esto los que me han entregado a ti tienen mayor pecado". Desde entonces Pilato buscaba librarle; pero los judíos gritaron, diciéndole: "Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César".

La condenación

Cuando oyó Pilato estas palabras sacó a Jesús fuera y se sentó en el tribunal, en el sitio llamado litóstrotos, en hebreo gabbata. Era el día de la Parasceve, preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta. Dijo a los judíos: "Ahí tenéis a vuestro rey". Pero ellos gritaron: "¡Quita, quita! ¡Crucifícale!. Díjoles Pilato: "¿A vuestro rey voy a crucificar?". Contestaron los príncipes de los sacerdotes: "Nosotros no tenemos más rey que al César". Entonces se lo entregó para que le crucificasen.

Camino del Calvario

Tomaron, pues, a Jesús, que, llevando su cruz, salió al sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota, donde le crucificaron, y con El a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. Escribió Pilato un título y lo puso sobre la cruz; estaba escrito: "Jesús Nazareno, Rey de los judíos". Muchos de los judíos leyeron este título, porque estaba cerca de la ciudad el sitio donde fue crucificado Jesús, y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego.

Dijeron, pues, a Pilato los príncipes de los sacerdotes de los judíos: "No escribas rey de los judíos, sino que El ha dicho: "Soy rey de los judíos"". Respondió Pilato: "Lo escrito, escrito está". Los soldados, una vez que hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida toda desde arriba. Dijéronse, pues, unos a otros: "No la rasguemos, sino echemos suertes sobre ella para ver a quién le toca", a fin de que se cumpliese la Escritura: "Dividiéronse mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes". Es lo que hicieron los soldados.

Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: "Mujer, he ahí a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "He ahí a tu Madre". Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed". Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en un venablo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: "Todo está acabado", e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

La lanzada

Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con El; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice verdad para que vosotros creáis; porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: "No romperéis ni uno de sus huesos". Y otra Escritura dice también: "Mirarán al que traspasaron".

La sepultura

Después de esto rogó a Pilato José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque secreto por temor de los judíos, que le permitiese tomar el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y tomó su cuerpo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a El de noche al principio, y trajo una mezcla de mirra y áloe, como unas cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con bandas y aromas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Había cerca del sitio donde fue crucificado un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual nadie aún había sido depositado. Allí, a causa de la Parasceve de los judíos, por estar cerca del monumento, pusieron a Jesús.

La Magdalena encuentra removida la piedra

El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del monumento. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: "Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde le han puesto".

Comprobación por Pedro y Juan

Salió, pues, Pedro y el otro discípulo y fueron al monumento. Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al monumento, e inclinándose, vio las bandas; pero no entró. Llegó Simón Pedro después de él, y entró en el monumento y vio las fajas allí colocadas, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con las fajas, sino envuelto aparte. Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó; porque aún no se habían dado cuenta de la Escritura, según la cual era preciso que El resucitase de entre los muertos. Los discípulos se fueron de nuevo a casa.

Aparición a María Magdalena

María se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó hacia el monumento, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: "¿Por qué lloras, mujer?". Ella les dijo: "Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto". En diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció que fuese Jesús. Díjole Jesús: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: "Señor, si le has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo le tomaré". Díjole Jesús: "¡María!". Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: "¡Rabboni!", que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: "Deja ya de tocarme, porque aún no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios"". María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: "He visto al Señor" y las cosas que le había dicho.

Primera aparición a los discípulos

La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos por temor de los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: "La paz sea con vosotros". Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Díjoles otra vez: "La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío yo". Diciendo esto, sopló y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos". Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: "Hemos visto al Señor". El les dijo: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré".

Segunda aparición

Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y, puesto en medio de ellos, dijo: "La paz sea con vosotros". Luego dijo a Tomás: "Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel". Respondió Tomás y dijo: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Porque me has visto, has creído; dichosos los que sin ver creyeron".

Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

 

Apéndice

Postrera aparición a los discípulos

Después de esto se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades, y se apareció así. Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo; Natanael, el de Caná de Galilea, y los de Zebedeo, y otros dos discípulos. Díjoles Simón Pedro: "Voy a pescar". Los otros le dijeron: "Vamos también nosotros contigo". Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no cogieron nada. Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús.

Díjoles Jesús: "Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada que comer?". Le respondieron: "No". El les dijo: "Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis". La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces. Dijo entonces a Pedro aquel discípulo a quien amaba Jesús: "¡Es el Señor!". Así que oyó Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la zamarra -pues estaba desnudo- y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino como unos doscientos codos, tirando de la red con los peces. Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas y pan. Díjoles Jesús: "Traed de los peces que habéis cogido ahora". Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes; y con ser tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: "Venid y comed". Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: "¿Tú quién eres?", sabiendo que era el Señor. Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente el pez. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitado de entre los muertos.

La triple confesión de Pedro

Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?. El le dijo: "Sí, Señor, tú sabes que te amo". Díjole: "Apacienta mis corderos". Por segunda vez le dijo: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?. Pedro le respondió: "Si, Señor, tú sabes que te amo". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas". Por tercera vez le dijo: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas?. Y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo". Díjole Jesús: "Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas a donde querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras". Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Después añadió: "Sígueme".

El discípulo amado

Se volvió Pedro y vio que seguía detrás el discípulo a quien amaba Jesús, el que en la cena se había recostado en su pecho y le había preguntado: "Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?". Viéndole, pues, Pedro, dijo a Jesús: "Señor, ¿y éste, qué?". Jesús le dijo: "Si yo quisiera que éste permaneciese hasta que yo venga, ¿a ti qué?. Tú sígueme". Se divulgó entre los hermanos la voz de que aquel discípulo no moriría; mas no dijo Jesús que no moriría, sino: "Si yo quisiera que éste permaneciese hasta que venga, ¿a ti qué?".

Este es el discípulo que da testimonio de esto, que lo escribió, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Muchas otras cosas hizo Jesús, que, si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros.