EL SUEÑO DEL MAR
“SÁBADO, TAL VEZ”, se dice a sí misma mientras golpea el despertador y permanece en la cama durante largo rato, escuchando: rumores de pasos, golpes en las cañerías, la ciudad que despierta, “¿ESTARÁ LATIENDO MI CORAZÓN?”, se pregunta. Sigue escuchando: ahora es el tráfico, lejano y amortiguado, envuelto en deseos de bruma. Ojalá esté lloviendo, y es que cuando llueve el sonido de los coches que se arrastran por el asfalto mojado llega a nuestros oídos como extrañamente filtrado; ojalá esté lloviendo, en este largo y grasiento mes de abril de no sé qué año, “OJALÁ ESTÉ LLOVIENDO”, pero sólo ruge el viento, y huele a sucio y quemado. Ella (llamadla Julieta si queréis, pero podrías ser tú, o yo, o nadie...) se arrastra fuera de la cama y contempla las sábanas, blancas de mujer sola y soltera, blancas de ínternado, blancas de hospital, revueltas y arrugadas, húmedas de rocío celeste de mayo y sudor y aromas prohibidos de mujer. Se mira al espejo y contempla las arrugas de su camisón, blanco como las sábanas y como su piel, y observa las arrugas en torno a sus ojos, las arrugas de su corazón. “Ésto no puede ser, cada día estoy más delgada... bueno. ¿y tú, se puede saber que estás mirando?”; pero el espejo no responde, continúa riendo embozado tras su protector cristal-frontera-entre-dos-mundos, aún no siendo la hora del crepúsculo. Algo tintinea en el interior de tu cabeza, disonante con el ritmo de tu corazón: quizá alguien ha soñado contigo esta noche... ¿acaso soñé que soñaste conmigo anoche? ¿soñaste con Romeo?. Algo se desvanece, como el rumor apagado de los coches que desearías anunciaran la lluvia. Y en aquella mañana sin sol, algo se ha iluminado entre las sábanas; tal vez haya sido un sueño. (Pero alguien dijo una vez que DEBERÍAMOS TENER CUIDADO CON LO QUE SOÑAMOS, es el futuro).
“¿QUÉ HAN HECHO CONMIGO?” se pregunta. Probablemente nada. Todo es tan vulgar como todos los segundos de todos los minutos de todas las horas de todos los días de todos los meses de todos los años de todos los siglos de todas las épocas, y tras las cortinas los cristales están más fríos que las noches de invierno. Ella mira una vez más a su cama revuelta, varios días atrás sin hacer, ¿para qué? Pero desearía ver caer la lluvia tras los cristales, y es que se conforma con muy poquito, con el abrazo del viejo sabio Tiresias, legendario Séptimo Sabio de Grecia que fue sucesívamente hombre y mujer; o con la compañía de su mejor amiga, de su mejor hermana, o de su mejor amante —cabellos cortos y ensortijados y tez morena de estación de esquí e imponente cochazo deportivo aparcado en la puerta del restaurante de moda con teléfono GSM digital paneuropeo, you don’t have to be afraid love, cause I’m a safesurfer darling— abrazándola cuando se eleva la madrugada cargada de pánicos, antes de que canten los cuervos en la madrugada y se disparen los fusiles en la hora del Alba Profunda. Pero su fiel Romeo se quedó perdido definitivamente entre las calles de Verona, entre los roces y la sangre de algún duelo toledano en el que sucumbió hace ya varios siglos. Cálida noche toledana de amantes encendidos, ¿dónde estás? (Yo, tu fiel Romeo, te espero escondido detrás de una esquina oscura, el rostro embozado, la espada afilada heredada de mis antepasados de las Islas de Albión y la mirada altiva). Y ni siquiera ya sufro de amores, yo que con mi corbata floreada y con mi cabello engominado te espero tras los cristales apoyado en mi esquina polvorienta con un ramo de rosas de chocolate; ¿sigues soñando conmigo, turbadora Julieta de ojos grandes y pacíficos como el mar? Alguien clavó una daga envenenada en tu corazón y todavía te preguntas porqué.
¡Gracias a Dios!, esta vez el vértigo ha sido chiquito, quizás duró poco menos de tres o cuatro minutos. El espejo ya no se ríe ni te amenaza, miras hacia afuera y la mañana es tuya, y el cachito de tierra que pisas también. Así que, ¡a por ellos!. Son pocos y cobardes, y además, bastante aburridos; así que la calle es tuya, y está ahí debajo, detrás de los cristales, flanqueada a tu izquierda por un bello jardín abarrotado de Querqus Purpurea; a tu derecha, por oscuros edificios enmohecidos por el humo de los coches y, al fondo, el Infinito, el Mar.
Imaginaos la película: nuestra JULIETA se acerca a la ventana de su habitación, temblando de frío, cubierta únicamente por su camisón blanco y arrugado. El cabello recién cortado pero revuelto; los ojos medio cerrados por la resaca del sueño. Y nuestra Julieta deseando el abrazo de la lluvia, deseando no sabe qué, pero en cualquier caso intentando ahuyentar de su alma todo resto de luz, todo resto de sol, todo recuerdo de juegos, de algún sueño infantil; si, ¿qué hicieron contigo, allá lejos, en la luminosa Verona, o en las callejuelas retorcidas y nocturnas de Toledo, ciudad plagada de duendes, de voluntariosos espadachines y de fantasmas?. Tiembla, pequeña niña embutida a la fuerza en un cuerpo delgado de mujer, tiembla y sonríe, y contempla la calle. Tiembla al acercar tu cara a los cristales: están fríos y húmedos; es tu deseo, ¿verdad? La ciudad palpita contigo, vibra, vibra, vibra, vibra..., como las olas, que vienen, que van, que vienen, que van... así que calienta el aire, agita los kiloherzios, deja que el disco gire y que el paisaje gris que contemplas detrás de tu ventana se ilumine un poquito, se coloree suavemente de ámbar mientras se sinestesian tus sentidos en tanto suena tu canción:
Home from work our Juliet
Clears her morning meal
She dabs her skin with pretty smells
Concealing to appeal
I will make my bed
She said, but turned to go
Can she be late for her Cinema show ?
Cinema show ?
Romeo locks his basement flat
And scurries up the stair
With head held high and floral tie
A weekend millionaire
I will make my bed
With her tonight, he cries
Can he fail, armed with his chocolate surprise ?
Take a little trip back with Father Tiresias
Listen to the old one speak of all he has lived through
I have crossed between the poles, for me there's no mystery
Once a man, like the sea I raged
Once a woman, like the earth I gave
And there is in fact more earth than sea[1]
(traducción)
“¿Ciértamente hay más tierra que mar...?”, se repite ella, mientras termina la canción, contemplando la calle que se extiende bajo sus pies, tras los cristales, hacia el infinito. (Porque el paisaje era el mismo de todos los días y, sin embargo, diferente. Quizá la bruma fuera más limpia, o a lo mejor fuera ese el momento en el que se desvanecen las toxinas de tu torrente sanguíneo, esas asquerosas proteínas que velan de tu memoria los recuerdos de los sueños de la última noche). Y nuestra Julieta (qué más da como se llame, PODRÍAS SER TU) apoya los labios sobre el cristal empañado y tras una lentísima pero calculada aproximación lo besa con deleite, con sensualidad. Siente el frío del cristal transformado en calor, en miriadas de haces y hebras de luz. Cierra los ojos, y, mientras aprieta sus labios contra el vidrio, sonríe: las neuronas trabajan un poquito más deprisa, y se regodean en su función como los gnomos del bosque y le devuelven la memoria de lo soñado. Primera impresión, primer recuerdo, sólo un color: AZUL, cálido como el viento de agosto. Abre los ojos y contempla la huella de sus labios, húmeda y sensual, se sumerge en su contorno y se siente flotar en aquella especie de barca de remos que han dibujado sus labios sobre el vaho del cristal. Y siente a su amante flotando con ella, abrazándola y navegando juntos hacia lo más profundo del deseo, hacia lo más oscuro del Océano.
Más recuerdos de lo soñado, segunda entrega: un sonido, rítmico e inquietante. Tal vez el ritmo del sexo, del deseo que viaja en tren... sí, en tren, EL TREN, ese tren misterioso que atraviesa las aguas, ese trenecito antiguo con bancos de madera que flota sobre las aguas sobre sus ejes de misterio como si fuera un barquito, un barquito de vapor.
Este fue el sueño, El Sueño del Mar: movimiento, avance, progreso, revolución, huída, desengaño, adiós, esperanza; deja tu casa y tu familia una noche (los grandes viajes comienzan de noche, es el momento de abandonar los lugares), camina por la larga calle sin final, busca la estación, y espera a que llegue el tren, y súbete en marcha sin billete y sin equipaje, como hacían los vagabundos del Lejano Oeste; y sigue soñando y a lo mejor aquel viejo tren te llevará muy lejos sobre sus raíles de plata, y cuando muera la noche y el amanecer te bendiga, se acercará a la costa, al viejo mar que nos ha visto nacer, y no detendrá su camino. El maquinista aumentará la presión del vapor, el fogonero echará más carbón, MÁS MADERA, ÉSTO ES LA GUERRA, y los raíles de plata se adentrarán en el mar y nuestro tren seguirá su camino flotando sobre las aguas, atravesando el Mar de Salses rumbo hacia el Norte, hacia la Costa Azul. Nuestro pequeño tren, un tren de los de antes navegando sobre las aguas del océano, cálidas y perfumadas, ¿no hueles a yodo y a sal marina?; un extraño viaje hacia el futuro, un tren que dejó la estación (de las de antes, con su jefe y su campana y su guardabarreras).
Avanzaba la mañana, y nuestra protagonista siguió mirando a través del cristal (años después concluiría que el sueño sólo había sido un recuerdo inconsciente de uno de los viajes de su niñez, cuando los trenes llevaban fogonero y bancos de madera, y cuando para ir hacia el Norte había que atravesar el mar o, más exactamente, una gran laguna marítima, L’Etang de Salses, con el Mediterráneo a la derecha y el estanque a la izquierda, y era tan bonito y tan extraño el cambiar los paisajes habituales verdosos de los viajes en ferrocarril por otros teñidos de azul y de sol; era tan bonito y tan extraño para una niña de tan sólo dos años...). Y definitivamente disueltas las toxinas de su torrente sanguíneo, alejadas las nieblas y las tinieblas de su memoria, nuestra Julieta comprendió, ya del todo despierta, el significado de su sueño, si es que los sueños pueden tener significado o pueden ser explicados sin profanar su magia, y siguió mirando la calle que se extendía allá abajo, esa calle cuyo final no veía pero que, estaba segura, terminaba en el mar.
Desayunó un capuccino con deliciosas galletas Brutti e Buoníssimi y salió disparada hacia su trabajo sin molestarse en apagar el tocadiscos.
“Un día Julieta tuvo un amigo, tal vez no fuese Romeo, pero, sabéis, era su amigo, y le enseñó como pudo las maravillas que duermen bajo los adoquines: cálida arena de la playa enterrada bajo el asfalto; ella, a cambio, le ayudó a escuchar el Silencio, en una hermosa catedral formada por árboles gigantes, rumores del viento, cantos de pájaros y cómplices latidos de corazón. No recordaba su cara, no recordaba su nombre, y tal vez estuviera muy lejos, pero al contemplar aquella calle que se perdía en el infinito sin final aparente, pensó en él. Ya despierta, imaginó que tal vez un día su amigo se acordaría de ella y vendría a buscarla, con un ramo de rosas de plástico y un puñado de naipes coronado por La Rueda de la Fortuna. Y la invitaría a recorrer aquella calle sin final, gris como el acero, flanqueada de arbolitos descuidados (querqus purpurea) y de charcos malolientes, y le daría la mano, y como dos niños caminarían hacia el final de esa calle donde tal vez se escondiera el mar. Y muy probablemente el viaje sería largo y penoso, pero, amigos míos, recordad las palabras de Pepe el Tenso, Octavo Sabio de Grecia tras la desaparición del viejo Tiresías: “Me parece que el Viaje es lo contrario de los recuerdos”. Pues aunque el viaje fuera largo, mientras éste durase, su amigo le explicaría los secretos de la calle, los secretos que callan los adoquines y el asfalto que en el mes de mayo esconden debajo charcos de rocío cristalino; y que en el mes de agosto cobijan almas perdidas, y tal vez por la siguiente primavera arrancaríamos de nuevo los adoquines, levantaríamos barricadas con ellos y buscaríamos la playa allá donde sólo creemos poder encontrarla los soñadores, los pobres, los ancianos y los viajeros.
Y con su pequeño amigo recorrería ese camino tan largo y hermoso, y tal vez no encontrarían el mar por que la calle es larga y la vida es corta, pero tras conocer los secretos del asfalto (cálido como el lecho de una noche de amor), llegarían a una estación pequeñita como las de antes, con su taquilla, su campana, su jefe de estación y su guarda-agujas. Y montarían en el viejo tren de vapor que, por supuesto, llegaría tarde; ocultándose del revisor, sin billete ni equipaje.
Se enfrenta el Viajero a una montaña alta, oscura, amenazadora. El tren debe atravesar un largo túnel, oscuro y lleno de peligros; pero cuando nuestro tren atraviese el túnel, el tiempo se parará (y deberías saber perfectamente lo que te estoy diciendo...) y te cegará la luz intensa y azulada del mar. Pero el tren no se detendrá, seguirá su camino adelante, flotando sobre las aguas.
Y ciertamente, como dijo el sabio Tiresias hace muchos siglos, fue hombre y como la Tierra se entregó; y después fue mujer y como el Mar rabió, pero cuando el mar termine quizá nuestro tren comience a volar. Hacia las estrellas.
“En 1.999, el satélite nuclear indio perdió el control. Voló por la capa de ozono como un ave de rapiña; nadie sabía dónde caería. El Mundo estaba alarmado, pero a Claire no le importaba, pues ella estaba viviendo su propia pesadilla...”
(“Until the End of the World”, de Wim Wenders)
A principios de diciembre de 1.999 Romeo recibió una hermosa postal desde Hungría; intrigado, leyó emocionado el texto: “Abrazos desde este Lugar Sagrado, Julieta”. Su recuerdo, arrinconado desde hacía muchos años, retorno de súbito, inundándole con una extraña oleada de cariño, nostalgia y felicidad; y recordó la promesa que años atrás se hicieron: compartir juntos el final del milenio, celebrando en Venezia el final de 1.999. Pero no entendía porque ella habría subrayado en azul, en el reverso de la postal, el nombre impreso del lugar: “Fishermen’s Bastion”, Bastione dei Pescatore; un lugar que parecía un castillo encantado de Disneylandia.
El 29 de diciembre de 1.999, Romeo cogió el tren con destino hacia la ciudad donde entonces residía Julieta. Los detalles de la llegada y del reencuentro habían quedado muy claros para los dos en escuetos mensajes intercambiados en sus respectivos buzones electrónicos. El tren partió hacia medianoche y debería llegar a su destino antes de la hora del desayuno. Romeo durmió como un niño en su butaca, acunado por los vaivenes del tren y por la música que se colaba en su cabeza a través de los cascos de su mini-disk Sony: una selección de sus canciones favoritas, de las canciones que habían llenado su existencia de miedo y valor, de odio y amor, de entrega y rencor. Le extrañó el nerviosismo del resto de los viajeros, atentos a las noticias que un amedrentado presentador leía en los monitores de televisión; era extraño que la televisión estuviera encendida en el tren a horas tan tardías, pero a los viajeros no parecía importarles, más bien al contrario, no perdían detalle con cara de preocupación contenida. A Romeo no le importaba, pues comenzaba a dormirse, comenzaba a soñar, sin dejar de oir la música, y esto unido a sus recuerdos y a la ilusión por el viaje había deformado su percepción de la realidad, así que se sentía como un extranjero entre su compañeros de viaje.
Finalmente, el revisor apagó las luces del vagón y las pantallas de televisión se oscurecieron. El Tren del Misterio, cargado de pecadores, proseguía su viaje y los pasajeros parecían dormirse. Romeo dormía, o más bien soñaba despierto que dormía, o quizá estaba realmente dormido soñando que viabaja en tren, que más da, un tren que le acunaba como una madre-mar, como una madre-barca, atravesando las olas. A su derecha, rabiaba furioso el Mediterráneo; a su izquierda, dormitaban plácidamente las aguas tranquilas del Estanque de Salses, impregnadas de calma y de arena.
Se despertó súbitamente con la salida del sol: por la ventanilla se alzaban, majestuosos y luminosos, los Alpes. El mini-disk portátil seguía sonando, no había dejado de hacerlo en toda la noche, ya que lo había dejado en el modo de “reproducción aleatoria contínua de pistas”. Despertó con una sensación similar a la que debían sentir los niños al despertarse la mañana del seis de enero y descubrir junto a su cama los regalos que les había traído esa noche La Epifania, la Bruja Mala, y es que a través de los cascos sonaba esta canción:
Fa-fa-fa-fine, gonna live again;
fa-fa-fa-fine, gonna line again:
It’s early in the morning,
of my life:
I can see the Knights,
gonna live again.
El tren llegó con puntualidad a la vieja Estazione delle Amore y alli estaba Julieta, esperándole muy sonriente al final del andén. Corrieron y se abrazaron como Heidi y Pedro en una escena de dibujos animados. ¡Los dos estaban muy cambiados! En especial Julieta, que se había dejado crecer su hermoso cabello rubio ondulado y se vestía con unos pantalones ajustados estampados con un dibujo que imitaba una piel de serpiente, así que parecía una mujer-pez mientras le ayudaba a llevar su pequeño equipaje hacía el Café de Torino, donde desayunaron copiosamente café, pasteles y chocolate.
Al día siguiente, 31 de diciembre, partieron en el coche de Julieta hacia Venezia, donde les esperaban su familia y amigos para celebrar la última nochevieja del milenio. Llegaron a primera hora de la tarde. Era una vieja y hermosa casa, situada en la isla del Lido, muy cerca del mar, propiedad de unos amigos de los padres de Julieta. Allí estarían las dos familias, algunos amigos leales y ellos dos. Poca, pero buena gente; trece personas en total.
La señora Montesco (que estaba radiante y muy feliz, junto con su esposo, de volver a ver a Romeo después de tantos años), había preparado un ponche muy especial. Julieta llevaba los tradicionales “pasteles natalizios” que se comían en Italia en las noches de fin de año. Romeo insistió en comprar uvas, asegurando que el comer doce uvas en consonancia con las doce campanadas de Nochevieja era una costumbre muy divertida que había aprendido en sus constantes escapadas a España (país que apreciaba mucho), en busca de chicas guapas dispuestas a rendirse ante Lo Mejor del Amante Italiano.
El lugar era esplendido, cercano a la playa del Lido. La noche no era fría y desde las ventanas abiertas de la villa se vislumbraba el oscuro oleaje del Adriático. Todos se habían vestido con sus mejores galas. Julieta estaba radiante, vestida con minifalda negra de seda, mallas azules transparentes y un jersey de lana oscuro. Pero sus grandes ojos verdes no conseguían disimular su perenne tristeza, que aparecía de tanto en tanto como sombrías olas nocturnas. Romeo era, sin lugar a dudas, el más elegante de la noche, con su traje azul marino de lino, su camisa de seda y su corbata roja a flores; el cabello, impecablemente cortado, y el afeitado, perfecto. Romeo le manifestó con cariño su admiración por su atractivo a Julieta esa noche, pero ella se entristeció, y le dijó: “Tú estás más guapo”. Después le confesó, ruborizándose como una niña tímida, que llevaba ropa interior de color rojo para conjurar la Buena Fortuna ante los nuevos tiempos que esa noche comenzaban.
Cenaron, bebieron, rieron; todos parecían felices, salvo la mirada errática de Julieta que asomaba a sus ojos de tanto en tanto. Se acercaba la medianoche, y todos prepararon su plato con las doce uvas como les había instruido Romeo previamente. El viejo reloj de pared comenzó a desgranar las últimas doce campanadas del milenio; se atragantaron todos, menos Julieta, quien casi perdió la respiración pero consiguió dejar el plato vacío con la última campanada. Señal de buena fortuna. Quedaron todos en silencio, un silencio emotivo; Julieta se volvió a Romeo y, con una inmensa y maravillosa sonrisa, le besó y le deseó un feliz Año Nuevo. Se la veía feliz: ¿llegaría por fin esa noche a la hora justa para ver comenzar su película?
La alegría retornó en aplausos, risas, abrazos, buenos deseos... Se descorcharon las primeras botellas de Blanquette de Limoux y se subió el volumen de la música; todos bailaron. Una extraña empatía inundaba los sentidos, un extraño calor interior que hacía semejar el suelo de la casa a un mullido colchón. Romeo se encontró súbitamente indispuesto, agitado por una especie de náusea y una sensación sofocante, y se sentó en un sofá. Bebió dos vasos de agua y se encontró inmediatamente mejor, reduciéndose su inicipiente taquicardia, y dejando inmediatemente de sudar. Cerró los ojos sin buscar el motivo y se entregó a lo que parecía ser una experiencia mágica o psicodélica (menuda excusa para nuestros racionalizados sentidos, cuando nos enfrentamos a la magia). Las luces y los sonidos se intensificaron más de lo que era normal, y las distancias y las horas se deformaron hasta el infinito. No perdió la calma, se dijo: “Bueno, relájate y disfruta”. Sus neurotransmisores le jugaban una mala pasada o le entregaban un maravilloso regalo de Reyes, y se sintió como si flotase en un colchón de plumas, entrando en un estado de conciencia acrecentada, que disfrutó al máximo oyendo la música con los ojos cerrados y vaciando su mente, la música del Silencio. El tiempo se detuvo, no había más preguntas que realizar, no había más respuestas que responder. Relájate y disfruta.
Cayó dormido o más bien en un estado de ensueño y se dejó llevar por los ecos de una canción, una canción tristísima que lanzaban los poderosos altavoces allí instalados: una canción cantada en inglés por una mujer con voz de ángel, solamente acompañada por sutiles arpegiados de una guitarra de juguete y unos teclados sinuosos muy en segundo plano.
Cuando terminaban las últimas estrofas, que entendió sólo a medias, sintió el tacto de una mano que acariciaba su propia mano izquierda. Abrió los ojos y ahí estaba ella, Julieta, sonriéndole y guiñándole el ojo izquierdo. En el estado psicodélico en el que se encontraba, le deslumbraron y cegaron sus inmensos ojos verdes. Cuando consiguió abrir totalmente los ojos, ella tiró de su mano con fuerza, y le susurró al oído:
—Larguémonos hacia el Mar.
Salieron al jardín cogidos de la mano como dos niños, cruzaron la verja, cruzaron la calle, y allí estaba, esperándoles, el Mar. Dejaron sus zapatos el borde del malecón y corrieron descalzos hacia el agua. Julieta llegó primero, estaba más ágil. Se sentaron en la arena, uno junto al otro, dejando que las suaves olas del Adriático mojaran sus pies desnudos. La noche era espléndida, transparente. Allí, en la orilla del mar, llegaban apagados los ecos de la música procedentes de las casas cercanas. Se debían estar celebrando grandes fiestas en todo el mundo, pero a ellos no les importaba. Miraron a las estrellas y Julieta se volvió a entristecer. Romeo le señaló una estela nebulosa, oculta por las escasísimas nubes:
—¡Mira! Es la Vía Láctea. No es corriente verla cerca del mar, normálmente hay que subir a altas Cumbres Borrascosas.
Julieta le contestó, riéndose:
—¡Eres un poeta!
Romeo se entristeció, y sólo fue capaz de añadir:
—¡Tarea harto difícil en esta vida tan complicada, en la que, por no entender, ni siquiera me entiendo a mí mismo... ojalá supiera lo que estabas buscando, podría entonces saber lo que ibas a encontrar.
Julieta pareció no dar demasiada importancia a sus palabras y se pusó en pie, arrastrando a su amigo hacia la orilla. Las olas les salpicaban las pantorrillas pero no les importaba, muy al contrario, contemplaban extasiados el camino nebuloso y brillante de la Vía Láctea, flanquaeda de estrellas. De repente, surcando el cielo, cayó una enorme estrella fugaz; pareció desintegrarse al hacer contacto con las aguas, estallando como un cohete de fuegos artificiales en algo que parecían hebras de luz. Incluso les pareció que el maravilloso fenómeno iba acompañado de un peculiar sonido, parecido al chasquear de un látigo o al sibilar de una serpiente, pero no estaban seguros de sus sentidos, y probablemente se trataba de una alucinación auditiva.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—Debes formular un deseo —añadió Julieta, cerrando los ojos y sonriendo como una niña.
Romeo lo intentó pero estaba confuso, en parte por la extrañeza del entorno y las circunstancias de la caída del meteorito, más propio de una noche de agosto que de una de diciembre; pero lo cierto es que no tenía ningún deseo que formular, nada especial que desear, salvo que esa Noche de las Maravillas durara veinte siglos más. Pero eso era por supuesto imposible y sintió que, de esta manera, traicionaba a su amiga.
—¿Qué has deseado?
—¡Ni lo sueñes! —contestó Julieta, riéndose—. No te lo voy a decir, sabes que trae mala suerte.
Le cogió las manos y se puso frente a él. Estaban en posición perpendicular a la orilla, con un pie en el agua y otro en la arena; era, ciertamente, el punto en el que coinciden lo increíble y lo exacto, donde se limpian los sentimientos y los pensamientos de la razón para abrir las maravillosas puertas que conducían a la sinrazón. For the Mother Ship has gone!. El Barco de los Sueños había llegado, y Julieta estaba radiante. Romeo contempló su cara, situada a pocos centímetros de la suya, y observó una inexplicable luminosidad verdosa sobre sus cabellos claros, semejante a una Corona. Era la Reina del Castillo de las Maravillas, en Sicilia, el Castillo hermano del del Santo Grial.
Julieta acercó más y más su cara luminosa y le besó suavemente en los labios. Con la misma suavidad soltó las manos de su amigo y retrocedió unos pasos, diciéndole con tristeza:
—No me toques, no me toques. Vuelve mañana. Ven remando. Te estaré esperando y no te hundirás.
Sin mirar a su amigo, Julieta caminó mar adentro, muy despacio. Las olas agitaban su pecho mientras Romeo, extrañamente tranquilo, encendió un cigarrillo y la vió alejarse, hundiéndose en las aguas, hacia la dirección en donde había caído la estrella fugaz. Comenzó a caer una lluvia cálida y pegajosa, era la hora del Alba Profunda pero el sol parecía no querer salir. Romeo comenzó a sudar copiosamente, la lluvia era cálida pero hiriente a la vez; sintió que estaba al borde del desmayo. Cayó sentado en la arena y encendió como pudo otro cigarrillo. Sintió como se dormía, sin poder hacer nada por evitarlo, mientras contemplaba el horizonte marino, el lugar por donde había desaparecido su amiga.
Sin darle demasiada importancia, le preguntó en voz alta al Mar:
—¿Debo nadar trás ella, o acaso debo acostarme aquí esta noche con mi novia la Muerte?.
Se durmió poco a poco, feliz, acostado en la arena y mecido por el sonido de las olas del Mar y por extraños rugidos mientras, impasible con los ojos cerrados pero abierto el corazón, sobre su cabeza las estrellas se iban apagando, una a una.
Para Stefania
Abril de 1.994 - setiembre de 1.996