LA PALABRA DE LA CRUZ EN

LA CURACIÓN INTERIOR Por el Padre Miguel Peix

Dice el apóstol San Pablo: la palabra de la Cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir para nosotros es poder de Dios (1 Co 1,18).

Tres maneras de ver la Cruz

La de los judíos que rehusaron a Jesucristo

Recordemos la mentalidad judía de los tiempos de Jesús. Para los judíos un crucificado era un maldito de Dios. Leemos en Deutoronomio 21,23: Porque es un maldito de Dios todo hombre colgado en un árbol. De aquí que San Pablo diga que Jesús fue un maldito de la ley por tal de liberarnos de la maldición de la ley que no podíamos cumplir. Para los enemigos judíos de Jesús era claro que como crucificado era un maldito de Dios y era escandaloso considerarlo como el Mesías.

La de los paganos.

Para el mundo greco-romano la cruz era un suplicio reservado a los esclavos. Era entonces la ignominia suprema.

La de los creyentes en Jesucristo.

De hecho la cruz del salvador se levanta contra el orgullo del cumplidor de la ley por méritos propios y contra el orgullo pagano del prestigio del poderoso y del noble

En cambio el creyente afirma: Jesús el Señor me ha amado se ha entregado por mí al suplicio escandaloso e ignominioso de la Cruz. En la Cruz tengo el único poder que me libera del pecado y de sus consecuencias: las enfermedades y la muerte, y la única realidad de que puedo gloriarme.

Todo esto es básico para nosotros los creyentes cristianos. Lo aceptamos y hemos de asumirlo cada vez mas profundamente

El poder de la Cruz y la curación interior

La Cruz es el único remedio de que dispongo para la curación real de mis males la que llega hasta las raíces. Por el hecho de ser un dotado de libertad puedo hacerme un mal uso y por lo tanto llevo en mí la marca del pecado. Si de hecho peco acentúo mi pecado. Me afectan de mas a mas por contaminación directa los pecados de mis antepasados y por proximidad los del mundo que me envuelve. Esta es la situación de cada hombre. Enfrente de ella hay la gracia de la Cruz ofrecida misteriosamente a todo hombre. El hecho de no haber sentido hablar nunca de Jesucristo no quiere decir que la gracia del Crucificado no actúe en la consciencia de una persona concreta. De que manera esta gracia es aceptada o rechazada solo Dios lo sabe claramente, pero el Espíritu Santo hace llegar la salvación de Jesús a toda consciencia que no acepta la acción. Dice la escritura: Dios es salvador de todos los hombres, sobre todo de los fieles (1Tm 4,10), y también: porque no hay debajo del cielo ningún otro nombre dado a los hombres que sea necesario a la salvación que el de Jesús (Ac 4,12).

Yo entonces que he recibido el anuncio del Evangelio he de conocer personalmente el poder de este nombre mediante la palabra de la Cruz. Dicho de otra manera, he de experimentar personalmente que me libera de mi pecado en virtud de su muerte. Si yo rehuso que Jesús me libere de mi pecado, rehuso al amor infinito de Dios, permaneciendo en mi egocentrismo, y mientras persevere en esta actitud quedo excluido de la salvación de Dios, condenado a vivir en un vacío estremecedor fuera de mi Creador y Salvador.

En la vida presente, inmergidos en nuestras vivencias humanas, podemos vivir sin tener plena consciencia de nuestra verdadera situación de cara a Dios. Hasta podríamos llevar una vida sin pecados graves careciendo fácilmente del deseo vehemente de vernos mas liberados de nuestro egocentrismo en virtud de la muerte de Jesús, lejos de todo orgullo, de toda autosuficiencia, de toda dureza de corazón hacia los otros, de todo descuido de Dios. No nos damos cuenta plenamente de la necesidad de ser curados de diversas heridas de pecado que no nos dejan vivir en plenitud como hijos de Dios y que podemos causar en todo momento peligrosas recaídas en nuestra salud espiritual, psíquica y corporal.

Faltas, rebelión, orgullo, heridas infectadas

Todos lo sabemos, el niño se rebela cuando no se le satisface sus necesidades vitales y lo expresa generalmente llorando. Al inicio es una rebelión sana, si es que la podemos llamar rebelión. La cosa cambia cuando pasa mucho tiempo sin obtener satisfacción y aparece un trauma, una herida. Ejemplo: un niño pequeño fue abandonado durante tres meses por sus padres y se volvió asmático. Una de las necesidades del niño es la de tener aquello que ve que los otros tienen, necesidad que perdura de alguna manera en los grandes. Cuando no lo obtiene se siente irritado. No puede aceptar su situación y se rebela. En la medida en que llega a ser consciente crece en él la posibilidad de una abertura al amor de los que le quieren desinteresadamente, que siempre habrá alguno, y a través de ellos, o directamente al de Dios; pero también crece en él la posibilidad de una rebelión mas o menos orgullosa. La abertura al amor deja pasar la acción de Dios, la rebelión orgullosa deja pasar la acción del diablo. En este caso la herida se infesta. Desde nuestro orgullo el diablo el diablo tiene un gran poder sobre nosotros, y se complace a girar tanto como le permiten nuestras heridas. En cualquier depresión la persona piensa y piensa en sus dificultades por más pena que le causen estos pensamientos, es como si no dejase de clavarse puñaladas sobre su psíquico. Y como más humillada se siente mas se apuñala y más puede aumentar su rebelión.

Las mentiras del diablo

1) El diablo quiere evitar de todas todas que el paciente pueda creer que Dios puede y quiere sacar bien de su mal. Para conseguirlo se vale de toda clase de porqué. Porque esto?, porque esto otro?, y entonces porqué?... No olvidemos que el diablo es todo él, orgullo y rebelión y nada mas sabe encomendar orgullo y rebelión. Hay quien quiere que no sea verdad que Dios pueda y quiera sacar bien del mal, porque entonces no tendría motivo para acusarlo. Su resentimiento hacia Dios, que ha permitido su situación, es demasiado grande y ya comienza a ser diabólico

2) Otra cosa que el diablo quiere es que el paciente piense que ha de poder disfrutar de aquello que se ha visto privado y tener lo que tienen los otros, para ponerse bien. Si piensa así rehusa de hecho la curación que Dios le quiere dar, la que él necesita., la suya la única que le hará realmente feliz. Entonces Jesús ya no puede convertirse para él en el único bien totalmente deseable. En el tesoro escondido y la perla fina del Evangelio. Este deseo de querer tener lo que tienen los otros o algunos otros hacer desear a menudo, "la luna en una cueva" es decir querer tener aquello que ya no es tiempo de poder conseguirlo. Pensaría que los esquizofrénicos o algunos de los esquizofrénicos se encuentran en esta situación. Mantenerse así es seguirle el juego al maligno. Es lamentable, el paciente pide una y otra vez oración de intercesión, pero no se cura, porque vive cerrado a la curación que realmente necesita, y prefiere tomar pastillas y esperar "la luna en una cueva".

3) De nosotros mismos nos agrada creer que tenemos méritos y que tenemos mas que los otros. Es este el terreno por donde se desliza sigilosamente el enemigo. Nos hace creer que tenemos razón, que tenemos todo el derecho de sentirnos doloridos por las actitudes de los otros, y desde un orgullo camuflado, nos irritamos contra uno y contra el otro, ya no es contra Dios mismo. La irritación contra Dios la manifestamos en forma de queja: " Dios mío, es que no paras!, Después de un pescozón, otro y otro. Yo ya no puedo más. No sé que te he hecho". Eso de nuestros méritos es una mentira, es como un dulce envenenado, el diablo propina de derecha a izquierda. Nuestro orgullo ve un dulce pero es una píldora de muerte. Exageramos? De donde viene si no todas las divisiones y defecciones dentro mismo de la Iglesia y de las iglesias.

Es por gracia que habéis sido salvados

Esta es una verdad bíblica aceptada como tal, pero no creída vitalmente. Porqué? Porque de hecho rehusamos a morir a nosotros mismos en virtud de la muerte de Jesús. Y sin esta muerte ninguna de las heridas espirituales psíquicas no quedan totalmente curadas en sus raíces. Dice san Pablo: Estoy crucificado con Cristo, yo vivo, pero no yo, es Cristo quién vive en mí. Aquello que vivo ahora en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. Yo no rehusaré la gracia de Dios, ya que si la justificación viene de la ley, es en vano que Cristo ha muerto (Ga 2, 19-21). Estas palabras del apóstol no son para ser meditadas intelectualmente sino experimentadas espiritualmente, es decir, por una gracia del Espíritu Santo.

Que vive, que siente que experimenta, el que en un momento determinado recibe la gracia de morir a sí mismo en virtud de la muerte de Cristo?

Primeramente hace falta advertir que como más auténtica y profunda sea esta gracia, la transformación que la persona recibe es evidente y permanente.

· liberación de pecados y de vicios.

· Un gran arrepentimiento de haber ofendido a Dios en la seguridad del perdón y una gran paz.

· Se hace presente el amor misericordioso del Padre y de Jesucristo. La persona se siente feliz, y no cree

que le falte nada más.

· Siente que ama a todos y se siente puro.

· Comprende que todo lo que le pasa es gracia sin que haya tenido ningún mérito. Todo le viene de la

Cruz de Jesús.

· Quiere con toda el alma ser conducida por el Espíritu Santo no por su propio querer.

· Sabe que la curación ha comenzado a actuar en la raíz de sus heridas y que si ella persevera bajo la

influencia del poder de la Cruz, no solo sus heridas se curarán, sino que irán convirtiéndose en vida

nueva, como las del Resucitado.

· Todo pensamiento de mérito personal y de comparación con los otros es estremecedor, porque tiene una

gran sensibilidad para discernir aquello que viene de la Cruz y lo que viene del maligno.

Aquí podríamos añadir todos los frutos de la nueva vida que tenemos en Cristo Jesús, porque todos provienen de la savia de la Cruz. Los que hemos señalado tienen una relación directa con el hecho de morir con Cristo, los otros tendrían una relación directa con el hecho que, habiendo muerto con Cristo, ahora vivimos con Cristo, de Cristo y en Cristo.

Es posible volver a pecar después de haber experimentado la gracia de morir a sí mismo en virtud de la muerte de Cristo?.

Él poder pecar depende del ejercicio de nuestra libertad. En este mundo vivimos nuestra vida cristiana en la fe, no en la visión. Es un tiempo de gracia en que podemos crecer bajo la acción del Espíritu Santo y también dejarnos seducir por el pecado y por el maligno. El que acaba de experimentar la gracia de morir a sí mismo en virtud de la muerte de Cristo quiere estar lejos del pecado y experimentar un gran temor de perder a Dios, a quién considera su bien supremo. Pero las tentaciones pecaminosas son sutiles y suelen venir poco a poco. Son las malas hierbas de la parábola del sembrador que quieren enraizar en nuestra tierra. Si no se eliminan con la palabra de la Cruz acabarán ahogando la palabra.

La tierra propicia a recibir la palabra del diablo es el orgullo que conduce en definitiva a la rebelión. La montaña del orgullo tiene dos vertientes: el prestigio y los méritos personales.

Hace falta que seamos tasadores: nada mas nos podemos gloriar de la cruz de Cristo. Fuera de ella no hay vida perdurable, y todo aquello que parece consistente es pura y estúpida vanidad. Nuestras obras buenas que no están hechas desde el poder que nos entran por el hecho de morir a nosotros mismos en virtud de la muerte de Jesús no valen nada, bien nada. Nuestras penas soportadas para tener méritos de nosotros mismos no valen nada, bien nada, mas bien son pecados, no son obras del amor de Jesús que actúa en nosotros y nosotros en Él, sino obras de un orgullo camuflado y estúpido.

El prestigio y los méritos personales han estado, son y serán la ruina de los individuos y de las diversas comunidades de cristianos.

Las grandes herejías y las grandes divisiones entre los cristianos han venido de los dirigentes más cualificados. El protagonismo de los dirigentes es especialmente pernicioso siempre y en todo lugar. Los dirigentes dinámicos hacen cosas de prestigio y fácilmente se valoran a sí mismos y son valorados. Pero si en el centro no hay el poder de la Cruz, hay el del diablo. Mas bien dicho en la medida que no hay la Cruz de Jesús, hay la obra del diablo. Es triste y tan frecuente de ver que dirigentes de todo tipo imponen demasiado sus maneras de ver y actúan demasiado en exclusiva, bien creídos que eso les pertenece y que tienen obligación! Por alguna cosa en las congregaciones de religiosos y religiosas se solía sutbrallar la necesidad de rezar mucho por los superiores. Y he sentido decir con tristeza y sin ningún remordimiento a gente muy seria que las grandes comunidades Carismáticas siempre que fracasan o menguan es por culpa del protagonismo de los dirigentes. Y no puede ser por eso que la Renovación Carismática sea menos carismática? Esto no es una acusación. Pero queremos acabar con una afirmación contundente: La primera cosa que todos hemos de desear con toda el alma es esta: Morir a nosotros mismos en virtud de la muerte de Jesús.

Y esto no se hace una vez a la vida sino que se va repitiendo a lo largo de la vida. Es la única buena preparación para una buena muerte en Cristo, la definitiva, la que nos ha de introducir para siempre en la vida perdurable.

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