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Un ilustre difunto tiene diversas maneras de mantener su recuerdo entre los
vivos: mediante monumentos y publicaciones que acercan directamente su
efigie y su obra, o mediante la continuación del esplendor cultural
iniciado por él en la localidad donde vivió. En Weimar, Goethe dejó su
huella en las dos direcciones. Si en los siglos XIX y XX la primera vía no
presentó problemas en el sentido de que su finalidad única fue ensalzar la
memoria del genio, la segunda resultó algo más delicada, pues comportaba el
peligro de que, a fuerza de salvaguardar una tradición cultural, sus
representantes acabaran usurpando el puesto del promotor. Sin embargo, este
peligro nunca llegó a un grado agudo, de manera que puede afirmarse que la
elección de los supuestos "sucesores" no pudo ser más acertada. A mitad del
siglo XIX y comienzos del XX, Weimar vivió dos nuevos períodos gloriosos,
concretamente en el terreno de la música y del arte, pero las
características individuales de las personas implicadas y las
circunstancias históricas impidieron que Goethe tuviera que ceder, ni
siquiera por poco tiempo, el primer puesto que había conquistado.
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