QUIMERA - Revista de Literatura. Nº 234 (Septiembre 2003), págs.
 

Reseñas de Libros: Narrativa extranjera
 
 

Un Bildungsroman a la altura de los tiempos

WILLENBROCK

por Christoph Hein. Traducción de Daniel Najmías. 328 pp. Editorial Anagrama, Barcelona, 2002. Precio 15,38 €. ISBN: 84-339-6980-3.


NO es de extrañar que Willenbrock, la novela del alemán Christoph Hein publicada en el 2000 por la editorial Suhrkamp, tuviera la controvertida acogida que le dispensó la crítica del país al que iba destinada en primera línea. No resultaba fácil satisfacer a los que esperaban una historia sobre la Alemania unificada, y mucho menos aún si la escribía Hein. Porque en este caso las expectativas debían de ser muy altas: ¿qué visión de la nueva Alemania ofrecería este autor de la antigua RDA? Conocido como luchador por las libertades en su país sin caer en la crítica fácil y generalizada del modelo socialista, Christoph Hein (1944, Heinzendorf / Silesia) se había ganado, a uno y otro lado del Muro, la reputación de intelectual lúcido y honrado que, como Heinrich Böll o Günter Grass en la parte occidental, servía de referente moral más allá del área de influencia de sus lectores. Su elección en octubre de 1998 como presidente del PEN alemán unificado confirmaría esta merecida fama. ¿Cuál sería el balance literario que este escritor haría de la unificación, transcurridos once años desde la caída del Muro? El libro no podía ser más esperado. Ciertamente el lugar que Hein elige para ubicar la acción de su novela -el centro de Berlín y, más concretamente, el negocio de compra-venta de coches usados con el que ahora se gana la vida el protagonista- es ideal para armar una trama realista y creíble donde confluyan los síntomas más característicos de una sociedad que, tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, parece haber perdido el norte. No es casualidad, sino una significativa metáfora, que el terreno que Willenbrock usa como aparcamiento de sus coches hubiera sido un vivero en tiempos de la RDA. Sin embargo, si el lector espera encontrar en esta novela un retrato de la nueva capital que, a la manera del Berlín Alexanderplatz, le permita tomar el pulso a esta gran ciudad setenta años después y asistir a sus transformaciones a partir de la unificación de las dos Alemanias, se verá defraudado.

LEJOS de dar una visión de conjunto Hein se limita a narrar la trayectoria de un único individuo, el nuevo ciudadano Willenbrock, antes alemán oriental y ahora alemán a secas, cuando ya ha conseguido medrar en la sociedad capitalista con su negocio de coches usados. La intención del autor de presentar las andanzas de su héroe como una historia prototípica es evidente y la tesis que desarrolla Hein no está del todo exenta de realismo, pero la novela queda muy lejos de conducir al lector en su esperado recorrido por el nuevo tejido ciudadano.

EN lugar de ello Christoph Hein prefiere poner el amenazador incremento de la inseguridad ciudadana en el Berlín reunificado al servicio de la evolución psicológica de su personaje. Así el lector espera mucho más de Willenbrock, espera adentrarse en el pasado del protagonista, seguirle en el derrumbamiento de su mundo en aquella Alemania radicalmente distinta, conocer las dificultades y los avatares de su adaptación a la sociedad capitalista, sus pensamientos más íntimos con respecto a los grandes cambios que ha experimentado su vida. Nada de esto se cumple.

Willenbrock es más bien un ejercicio de diversión del autor que se entrega a la creación de un protagonista con quien simpatiza profundamente, aunque en más de una ocasión se ría de él y lo contemple en la distancia con humor. Es en el trabajo con su personaje donde Hein se siente a gusto, un placer que el lector comparte.

CHRISTOPH Hein no escatima la ironía hacia el protagonista en las situaciones que considera más oportunas y que constituyen a mi entender algunos de los momentos más logrados de la novela y la aplica también con éxito al plasmar el imaginario de tópicos de los que se han nutrido durante años las atormentadas relaciones este-oeste. Así la fuerza de la novela recae hasta tal punto sobre el protagonista que lamentablemente su creador descuida el marco, de modo que la historia que nos narra se hubiera podido situar en cualquier ciudad de provincias.

ESO sí, Hein crea un personaje cercano, un hombre sin grandes ambiciones cuya única aspiración es sobrevivir cómodamente en la nueva sociedad en la que, de la noche a la mañana, tiene que buscarse la vida. Willenbrock es un hombre casado, un ingeniero de mediana edad que, con la unificación de Alemania, ha perdido su trabajo en la antigua empresa de la RDA. Su carácter corresponde al de un individuo común, sencillo y práctico, que no se calienta la cabeza por nada, vive al día y aprovecha sin complicaciones la oportunidad que le brinda su negocio de conocer a las clientas atractivas más allá de lo estrictamente necesario.

EL matrimonio Willenbrock lleva una vida tranquila y holgada. La compra-venta de automóviles produce pingües beneficios que permiten mantener a flote, además, la deficitaria tienda de moda femenina propiedad de su mujer. Los Willenbrock son ya dueños de una vivienda confortable en una zona residencial del norte de Berlín y disfrutan del ocio en su casa de campo de Antepomerania. Pero esta tranquilidad se ve progresivamente amenazada por varias irrupciones violentas y robos en el terreno vallado del negocio de Willenbrock. Lejos de recibir la denodada protección que se espera de la sociedad capitalista ante los ataques contra la propiedad privada, la policía y la compañía de seguros sospechan que él ha fingido el asalto para poder cobrar la indemnización. Para colmo los Willenbrock sufren un ataque en su casa de fin de semana del que él sale considerablemente contusionado y ambos psicológicamente traumatizados.

LA decepcionante actuación policial en este nuevo episodio de violencia obliga al protagonista a defenderse por su cuenta. Tras larga lucha interior Willenbrock, de quien Hein se esfuerza por resaltar el talante tranquilo y pacífico, acaba por aceptar la pistola que le ofrece su buen cliente y amigo, el Dr. Krylow, un antiguo funcionario soviético ahora reciclado a mafioso, a quien, a juzgar por el apelativo de doctor y la sensibilidad cultural y humana de que hace gala, imaginamos frecuentando otros ambientes en la Rusia soviética. Los sistemas de seguridad que Willenbrock instala en su casa, así como su gradual aceptación del arma de fuego, con la que va familiarizándose paulatinamente, parecen indicar la peligrosa dirección en la que va evolucionando la convivencia humana a partir de los acontecimientos iniciados en 1989.

PERO Hein no hace un tratamiento maniqueo del tema: reparte con calculada equidad la corrupción entre países del este y el oeste. Ademas diseña personajes de las dos ex Alemanias relacionados con la maquinaria subyacente a la violencia. El cuñado de Willenbrock -un potentado empresario que convierte sospechosamente en oro todo lo que toca y alcalde honorario de su pueblo- es un hipócrita arribista para quien todo gira alrededor del dinero, un grosero machista cuando lo exigen las conveniencias (cuenta chistes de mal gusto sobre mujeres en la reunión social por el entierro de su madre para ganarse la simpatía de los ricachos patanes que lo escuchan) y un experto en escatimar el pago de impuestos. O unos antiguos colegas de Willenbrock, protagonistas del mitin de un nuevo partido político, que el lector avezado reconoce como el PDS, antiguo SED ahora rebautizado, que son ridiculizados hasta el límite de lo grotesco.

ES una lástima que Hein no desarrolle estas situaciones que se quedan en un mero apunte y que le hubieran permitido desplegar un entramado mucho más rico de relaciones. Así se tiene la sospecha que los personajes secundarios existen prácticamente sólo en función del protagonista con quien se nos invita a compararlos.

Y desde luego Willenbrock sale muy airoso de la comparación. No es que el antiguo ingeniero sea un dechado de virtudes ni un modelo de refinamiento: sucumbe a la tentación de ahorrarse algún dinerillo por vía ilegal, consume pornografía, echa cada dos por tres una cana al aire y se despacha a gusto con la gente que no le cae bien.

PERO lo que a primera vista parecen defectos son en realidad cualidades. Pues estos rasgos de su carácter son sólo debilidades en la medida en que hacen a Willenbrock mucho más humano y entrañable. Porque, a pesar de su aparente rudeza, es sensible, legal, honrado y sentimental: no explota en su provecho las mafiosas relaciones que le proporciona su negocio; es con frecuencia tierno y detallista con sus dos empleados y establece un trato de amistad con ellos; abomina de comportamientos oportunistas e hipócritas; nunca es grosero con las mujeres, a pesar de lo que al principio pudiera parecer, sino directo y transparente; y se muestra tierno y detallista con su esposa, con quien mantiene una sana relación matrimonial y desarrolla un trato de encomiable compañerismo. Nuestro héroe recuerda en cierto modo a los protagonistas masculinos de las novelas de Böll de los años cincuenta, sólo que éstos resultaban creíbles, personajes positivos, moralmente insobornables, que preferían marginarse y mantener la mirada limpia y crítica a adaptarse a los nuevos tiempos de la posguerra y la reconstrucción. Willenbrock resulta simpático, demasiado simpático y buena persona para el ambiente en que está inmerso. Con todo Willenbrock es en su conjunto una novela sin complicaciones, de lectura fluida a la que contribuye mucho el registro coloquial que predomina y que la traducción de Daniel Najmías sabe trasladar al español con lograda naturalidad.

(Abril 2002)

ANNA ROSSELL