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Cultura australiana: navigare necesse est

Published in Littérature et double culture / Literatura y doble cultura, Ed. Geneviève Mouillaud-Fraisse & José María Fernández Cardo, Paris-Barcelona: Noesis, 1989, 68-79.


Un contexto multicultural evidente

Tres problemas se asocian a cualquier tentativa de contemplar la historia australiana bajo el signo de la "doble cultura".

En primer lugar, se desarrolla actualmente en Australia un debate nacional cuyos términos no son de simple dualidad sino de "cultura nacional" frente a "nación multicultural". Así se reconoce implícitamente que las múltiples fuentes históricas de la cultura australiana contemporánea - debidas no sólo a la conquista de la cultura aborigen sino también a diversas y masivas olas de inmigración - no se dejan analizar como una simple oposición entre "cultura anglosajona dominante" y "cultura no anglosajona dominada". El hecho de que dicho debate tenga lugar dentro de la clase dominante, traduciéndose en un enfrentamiento entre los partidos políticos laborista y conservador, refleja más que nada la incertidumbre propia a la tradición anglosajona en sí. También refleja un sentimiento de culpabilidad al ver que las aportaciones culturales de las grandes comunidades griegas, italianas, yugoslavas, etc. tienden a perderse después de tres generaciones. Si los inmigrantes han tenido que aprender la lengua y las costumbres de un nuevo país, sus hijos guardan sólo para el uso doméstico la lengua y las costumbres no australianas, y la tercera generación - con posibles excepciones en las reducidas comunidades judías ortodoxas, chinas y vietnamitas - no quiere ser otra cosa que australiana y efectivamente no habla más que inglés. Procesos semejantes se manifiestan en Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania, pero tal vez sea únicamente en Australia donde parte de la clase dominante no sólo ha tomado medidas para que se enseñen y se difundan por medios televisivos las lenguas no inglesas, sino también ha planteado la cuestión - radical - de si debe aceptarse o no como nación multicultural.

El segundo problema es entonces el de los significados que el término "cultura" puede tener en ese contexto de duda profunda dentro de una clase dominante. Efectivamente, los partidarios de la multiculturalidad suelen definir la cultura como modo de ser, "way of life", en el sentido de "estilo general que sostiene cada detalle de la vida", que Henri Lefebvre ha idealizado como algo anterior a la decadencia moderna donde la cultura forma sólo una parte de la vida social, al lado de la economía, la política, la enseñanza, las relaciones exteriores, etc. Como dicen sobre todo los defensores de la cultura aborigen, el ideal multicultural se encuentra en las numerosas fuentes del pasado. En cambio, los defensores de la idea de cultura nacional, incluyendo la mayoría de la población inmigrante, aceptan la segmentación moderna de la vida social, respetando la cultura como si fuera ésta un conjunto de sensibilidades tan refinadas y de monumentos tan grandiosos que por definición no se puedan manifestar en la antípoda sociedad actual. Este concepto actúa a la vez como agente de cohesión nacional y, en un contexto de gran movilidad social, como valor distintivo al que se asocia el también generalmente aceptado valor del trabajo: el inmigrante trabaja para que sus hijos tengan acceso a la "cultura", evidentemente elitista pero no necesariamente divisiva: es una esperanza generalmente compartida.

Nuestro tercer problema es entonces la posición particular que tiene la literatura dentro de esta doble proyección de la cultura como paraíso lejano (situado en el pasado para los unos, en el futuro para los otros). Más que la música, el cine o la televisión - que tienen sus vertientes verdaderamente populares-, la literatura representa, en Australia como en otros muchos países, una actividad cultural de extensión claramente restringida y claramente valorizada, sobre todo desde que el último público de la literatura popular - las poblaciones del interior del continente - fue también envuelto en la red de ondas hertzianas. Como en la mayoría de los países occidentales, la literatura es algo que se aprende en la escuela, que se lee en el tren o en el avión, que se ve en versión "película de la novela". En un país de sólo 20 millones de habitantes y de lengua internacional (es decir, sin las fronteras lingüísticas que en cierta medida protegen otros países de la industria cultural angloparlante), esta situación significa un mercado evidentemente insuficiente para sostener la extensa producción de textos literarios autóctonos. La ambigüedad social de la cultura como índice de una vida mejor ausente a su vez significa que no hay ninguna valorización absoluta de lo autóctono frente a lo extranjero - es éste un aspecto cuya historia nos proponemos analizar más adelante - y por consiguiente que no hay ninguna insistencia ni siquiera en la existencia de la categoría absoluta "literatura australiana". El lema del Australian Arts Council, la entidad oficial que apoya a la mayoría de los escritores australianos contemporáneos, no es "literatura australiana" sino "literatura para australianos". Sus ayudas no son exclusivamente para escritores de lengua o de tradición inglesas, sino también para traducciones del inglés a otras lenguas. Cierto paralelismo con la política actual del Ministerio de Cultura español podría sugerir la ambivalencia con la que se ha desplazado la noción de "literatura nacional": a la vez que se acepta y se estimula la pluralidad interior, se favorece la presencia y la extensión de lo nacional al extranjero. En Australia como en España, la unidad y la cohesión internas se buscan en los ojos del extranjero, y el nativo no debe hacer mucho caso aunque la reacción sea muy positiva cuando, por exotismo o curiosidad, un país u otro se pone de sabor del mes, como los helados, en Nueva York o París. Vista desde el interior, la categoría de literatura nacional es fundamentalmente inestable por lo cual tiene su historia.

Una historia literaria australiana

No es difícil resumir los 200 años - del 1788 al 1988 - de textos escritos en Australia, sobre Australia o por australianos. Al período colonialista sucede, alrededor del año 1900, la época nacionalista; luego unos 70 largos años de mediocridad casi siempre anglófila hasta una segunda época independentista que se suele fechar a partir de 1972, en la que todavía estamos hoy. En ese contexto, lo importante es comprender qué sucedió durante la primera época nacionalista, y en qué medida la literatura de aquel "fin de siglo" ha influencido la singularidad y la multiculturalidad de la literatura australiana actual.

Colonialismo

Si casi toda la primera centuria de la literatura australiana es considerada "época colonialista", se puede describir igualmente como una extensión de la literatura británica: se trata en primer lugar de la mente inglesa que intenta captar una nueva realidad - paisaje, flora, fauna, nativos - según los términos de una Arcadia idealizada como negación de la revolución industrial, y en segundo lugar de la invención de la realidad deseada, traducida en aventuras exóticas - caballos, bandidos, alta mar - producidas para el nuevo público británico muy demandante de novelas por entregas y de novedades para el "circulating library". Este segundo aspecto se consolida cuando los descubrimientos de oro llenan Australia de aventureros de toda clase y de todas las naciones, suministrando además la riqueza fabulosa necesaria para cualquier buen relato de aventuras del período victoriano: el criminal Magwich, por ejemplo, sale de las Great Expectations dickensianas para hacer su fortuna, de manera preferentemente inmoral, en Australia. El oro también forma un nuevo país: la Australia que contaba con una población (blanca) de sólo 400.000 en 1850 no era del todo la misma que contaba 4 millones de personas (blancas) en 1900. Sean lo que fueran las fechas bicentenarias, el país que hoy conocemos no tiene en realidad más de un siglo de historia - lo que sugiere comparaciones con casos como el de Argentina, también masivamente transformada por inmigraciones casi paralelas a las australianas.

El "fin de siglo" australiano

Consecuencia de los masivos cambios que se sucedieron a lo largo del siglo XIX, la Australia de finales del siglo XIX se presenta como un conjunto de singularidades y contradicciones:

- Es el país más urbanizado del mundo, bien que la visión británica de una Arcadia austral tiene tanta influencia sobre la nueva identidad nacional que ésta se concreta en una mitología rigurosamente no urbana, idealizando el interior del continente, el campo salvaje, el "outback", el "bush".

- Es el país con el más alto nivel de vida del mundo, aunque sus valores fundamentales no se orientan en términos de movilidad social, sino alrededor del trabajo y de la figura del buen amigo y compañero - el "mate" o "honest bloke" - esencialmente producto de las duras condiciones en las que se había generado la riqueza. Como comenta un visitante británico en 1882: "nunca han visto ojos europeos tanta riqueza en manos de hombres tan completamente mal educados".

- Es por definición, junto con la siempre más británica Nueva Zelanda, geográficamente el más oriental de los países culturalmente occidentales, pero es a la vez un país que unos 200 intelectuales socialistas pueden considerar ya demasiado integrado en la decadencia capitalista. Había que ir aún más lejos: en 1896, bajo el mando de William Lane, esos intelectuales se marcharon a Paraguay para fundar su comunidad ideal.

- Es un país en el que el peso relativo de los intelectuales (según la categoría censual de "autores, editores, periodistas, pintores y estudiantes del arte") es - incluso durante el fracaso paraguayo - mucho más alto que en Inglaterra y, en consecuencia, probablemente superior a las tasas de los demás países europeos.

- Finalmente, la politización de esta inteligentsia (cuantitativa) corresponde al hecho de que Australia sea, además, el país con el mayor porcentaje de asociacionismo laboral del mundo.

Tenemos entonces en la Australia de finales del siglo XIX un país caracterizado por extremos de riqueza general, urbanización, distancia, intelectualidad (cuantitativa) y politización. Lo que pasa en la literatura de aquellos años - celebrados en diversas historiografías como "la década romántica", "los años gloriosos", "la leyenda de los 90" o, más exactamente, "la época nacionalista"... antes del hecho, pues la federación australiana no se proclama hasta 1901 - va prefigurar los términos del debate actual sobre multiculturalidad.

Primer elemento: la capital literaria del país se desplaza de Melbourne (tradicionalmente de cultura más británica) a Sydney (ciudad más dinámica, de ideología más independista).

Segundo elemento: se forma en Sydney un periódico nacional cuyo programa político, en la forma publicada el 17 de junio de 1893, vale la pena traducir en versión íntegra:

 

El semanal singular - El periódico ilustrado

nonpareil de Australia - El Bulletin

La revista literaria más importante de Australia

 

El BULLETIN cree en:

- Un gobierno republicano.

- Una persona, un voto.

- Un sistema libre y laico de enseñanza pública.

- Reforma del sistema penal y de las prisiones.

- Una Australia unida y protegida contra el mundo.

- Australia para los australianos

- Exclusión total del chino vil, del negro vil y del europeo pobre también vil.

- Un banco nacional.

- La elección directa de los representantes parlamentarios, en lugar del sistema de partidos políticos o mejor dicho de administración por contradicción.

- Un nuevo sistema parlamentario - una cámara votada por las provincias actuales, la otra votada por todas las provincias juntas como una nación.

- Un sistema universal y obligatorio de seguros de vida.

- La abolición total de la propiedad privada de la tierra.

- El referendum [para la federación de las seis colonias].

- La abolición de los títulos de la así llamada "aristocracia".

Discurso por lo menos robusto - notemos el galicismo "nonpareil" al lado del "europeo vil"-, este programa no esconde nada del papel que tienen el racismo, el proteccionismo y el totalitarismo fabiano en la proyección de una nueva identidad nacional: hay sin duda cierto sentimiento de culpabilidad que motiva el hecho de que sean los herederos de esta misma izquierda australiana los que actualmente abogan por la pluralidad cultural de su país. Sin embargo, no cabe duda de que el Bulletin efectivamente construye la unificación de espíritu que busca y no en vano se proclama "la revista literaria más importante de Australia". Es el centro nacional de una nueva literatura de índole realista, a veces costumbrista y constantemente anti-británica. En sus páginas se publican escritores nacionalistas como los todavía apreciados Lawson y Paterson, miembros de la primera generación mayoritariamente nacida en Australia, casi todos de estirpe no inglesa (irlandesa, escocesa, etc.), y de orígenes e ideologías obreras... en suma, firmemente al margen de la cultura imperialista británica. Sin teoría, sin estudios amplios, casi sin precedentes, esta generación creará una literatura allí donde no había ninguna. Como lo dice A.A. Phillips, "fue la primera vez desde hacía siglos que la escritura anglosajona se escapó de la jaula de sus actitudes burguesas". El Bulletin ayuda además a la formación de un público de dimensiones adecuadas a una relativa profesionalización del oficio literario: se venden 32.000 ejemplares de While the Billy Boils, colección de cuentos que publica Lawson en 1896; 20.000 ejemplares de In the Days when the World was Wide, publicado en el mismo año... mientras que en Inglaterra escritores como John Davidson y Arthur Symons publican en ediciones de sólo 500 ejemplares. La nueva literatura australiana es entonces una manifestación urbana y politizada que celebra una realidad agresiva y rural, sean cuales fueran las modas extranjeras. Como observa Mark Twain después de una visita a Australia en el mismo 1896: "El australiano está tan orgulloso de su país salvaje como si éste fuera la última obra maestra de Dios". En literatura, no obstante, el orgullo nacionalista se expresa por un modo de hipérbole irónico que deja ver la incertidumbre nacida del aislamiento:

Pero el tiempo, conforme a su costumbre lamentable, había pasado, y el llano ya estaba perdiendo su brillo mientras el sol seguía su camino en un intento inútil de purificar el aire infectado de Europa... (Such is Life / Así es la vida, Tom Collins, 1903).

Tercer elemento - y pienso en los factores que han permitido que Litvak describiera la España de la misma época como un "sueño de Arcadia", factores que a la vez distinguen Australia del caso estadounidense - : un profundo pesimismo se produce por la distancia entre un programa de ideales (aislamiento como libertad) y la realidad de un país que, en la década de 1890, sufre una aguda crisis económica ligada a la del capitalismo internacional: la tasa del paro en 1896 es del 10,8%; los salarios reales estarán en declive hasta 1907. El sentimiento de que todo será posible en un país nuevo es el primer paso para la idea de que nada es efectivamente realizable. En literatura, este pesimismo fundamental no se traduce por la oposición progreso / decadencia (como puede ser el caso en una confrontación directa entre las ideologías positivista e idealista, o de Naturalismo frente a Modernismo), sino por la alternativa "Australia / otra parte"... y esta otra parte, como lo indica claramente Henry Lawson en 1898, puede estar casi en cualquier parte:

Mi consejo para todo joven australiano que tenga talento literario reconocido sería que se embarque, en tercera clase, clandestinamente, o nadando, rumbo a Londres, Estados Unidos o Timbuctú - en lugar de quedarse en Australia hasta que su genio se transforme en rencor o cerveza. O bien, en el caso de que esto no sea posible - y siempre en búsqueda de los mejores intereses de la naturaleza humana y también literaria-, que estudie la anatomía elemental, especialmente con respecto al cráneo, y, cuidadosamente y con la ayuda de un espejo, se pegue un tiro.

La ironía no es en absoluto gratuita: el mismo Lawson es alcohólico, y otros muchos escritores de la época tienen muertes trágicas: el poeta Gordon (famoso por su temática variada de "caballos, caballos y más caballos") se fusila; Barcroft Boake se ahorca con un látigo para el ganado; Price Warung es morfinómano; los poetas Kendall y Brennan también son alcohólicos crónicos... Hay sin duda cientos de casos parecidos en los medios "decadentes" de las literaturas europeas de la época. Pero en Australia, el predominio de la estética realista es tal que resulta casi imposible que los poetas idealicen "el arte" como mundo de símbolos ideales más allá de la realidad conocida:

Nosotros (999 de cada 1000 personas) no vemos nada en los crepúsculos sino algunos signos e indicaciones de si habrá o no lluvia al día siguiente. Dejemos, pues, estas vanas y bobas fantasías a los poetas y pintores - ¡pobres! ¡Felicitémonos de que no tengamos nada de su temperamento!

El fragmento proviene de la primera página de la novela Mi vida brillante publicada por Miles Franklin en 1901. En la misma página se encuentra otro aspecto de este mismo pesimismo irónico, producto del escepticismo frente a la ideología del país ideal:

Esto no es una novela [...] No hay trama en este cuento, porque no ha habido ninguna en mi propia vida, ni en ninguna otra vida de que he tenido noticia.

Efectivamente, siempre les ha resultado muy difícil a los escritores australianos concebir una trama novelística unificada y progresiva. La estética realista corresponde a miles de breves relatos en verso o en prosa, pero a nada que se pudiera comparar con Dickens o con Zola (sin embargo conocidos, leídos y comentados en Australia). La novela de Franklin no es más que una corrupción y fragmentación quijotesca de la novela romántica victoriana; otra gran novela de la época - la arriba citada Así es la vida - nos presenta un narrador que, después de dos folios de filosofar sobre determinismo y libre albedrío, decide seleccionar y transcribir al azar unas 400 páginas sueltas de sus diarios. Y así es la novela australiana: una compilación de breves relatos, una forma al principio adaptada de la tradición oral del yarn, (significa "hilado"), de la historia larga o increíble que se cuenta para matar el larguísimo tiempo-espacio del interior del continente (el narrador del yarn se llama, lógicamente, spinner, "hilandero" - no hay que olvidarse que se trata de un país productor de lana). Pero la problemática no es simplemente una cuestión de forma, sino de lo que significa la estructura narrativa "comienzo / (yo-aquí-ahora) / fin" en el contexto del nacionalismo literario de un país recién conquistado con la mirada hacia afuera y un enorme vacío en su adentro. A pesar de toda la ironía con la que muy a menudo se ha desplazado el problema, el "yo-aquí-ahora" australiano difícilmente se puede permitir un trayecto auténticamente temporal. Cuando se lo intenta, por esfuerzo de evitar a distancia o la ausencia significativa de la "otra parte" europea, el futuro así proyectado casi siempre caye en un auténtico pesimismo. Estamos al final de la novela de Miles Franklin:

¡Oh mis hermanos quemados por el sol! ¡Hijos del trabajo y de Australia!

Os amo, os amo. Con coraje os empujáis a avanzar, mientras que la cuerda de la división de clases se estrecha cada vez más alrededor de vuestros cuellos: dentro de unas cuantas generaciones estaréis tan esclavizados como nunca lo estuvieron los moujiks de Rusia. Lo sé, lo veo, pero no os puedo ayudar...

Rasgos de una escritura nacional

Si voy intentando en estas líneas destacar ciertos elementos de una tradición literaria australiana, es en primer lugar porque me molesta leer, por ejemplo, que el recién traducido Bliss [Bendito Harry] de Peter Carey es obra de "un peculiar heredero de los humoristas británicos de este siglo" (El País, 8.01.89). En realidad, Peter Carey es un heredero nada peculiar de la literatura de hace un siglo ya: el Harry en cuestión es un spinner sardónico moderno, su visión del mundo (en el que el mundo de la publicidad se asocia a la degeneración ecologista) es claramente anti-progresista, su ideal final es la anti-ciudad, la selva del norte del país. Sin embargo, no se puede hablar de "tradición" en el sentido de una serie de obras monumentales a las que haya que referirse para entender lo nuevo. En literatura, lo australiano en realidad no transciende los rasgos de escritura que hemos relevado con referencia al primer nacionalismo: temática de la "otra parte"; ironía; pesimismo histórico; narratividad fragmentada. Con respecto a esta última característica, cabe apuntar la existencia de obras de gran unidad y escondida causalidad como son las de Patrick White y de Randolph Stow, pero la novela-complicación ha sido al mismo tiempo una constante importante, pasando por ejemplos como la magnífica Capricornia de Xavier Herbert y el menos conocido At Parramatta de Ethel Anderson para llegar a la "narrativa discontinua" utilizada hoy día por Frank Moorhouse y a la fragmentación descriptiva que caracteriza las obras muy politizadas de David Ireland.

También hay que reconocer que la transmisión de dichos elementos ha sido predeterminada: el nacionalismo australiano de finales del siglo XIX fue en cierta medida resucitado por otro nacionalismo australiano, el que resultó de la elección del laborista Whitlam en 1972 y que sigue manifestando vitalidad en la Australia también laborista de finales de los 80. Aunque sea posible descubrir cierta homogeneidad de referencias literarias e ideológicas en ambas épocas, me he detenido en el primer nacionalismo para poder subrayar una otra forma de continuidad profunda que se esconde bajo lo que puede a primera vista parecer la causa principal de una serie de rupturas: el gran nombre de escritores australianos que han vivido y siguen viviendo en una "otra parte" muy concreta - por tradición en Europa - y que siguen siendo escritores australianos por el sentido negativo de su siempre difícil inserción en tradiciones plenamente europeas. Esta, creo, es la clave de la identidad y la dualidad de la cultura australiana.

Es preciso viajar

Después de dar sus "consejos a un joven escritor", Lawson - el Gran Escritor Australiano, como dice Franklin en Mi vida brillante - hace caso de sus propios consejos y se va a Londres, en 1901. Los pintores más nacionalistas de la "Escuela de Heidelberg" también emigran: Streeton en 1897, Roberts en 1903. Mientras tanto, la estancia europea - de 1888 a 1903 - de la escritora Henry Handel Richardson permite que su trilogía novelística The Fortunes of Richard Mahony (1917-1929) manifieste influencias de Nietzsche y sobre todo de Freud, con bastante anterioridad al impacto del freudianismo en la novela británica. Un caso similar es la estancia en Berlín del poeta Brennan a principios de los años 1890 que le permite un conocimiento de los simbolistas franceses algo excepcional para la época: se escribe con Mallarmé de 1892 a 1897, es reconocido como "uno de los primeros críticos a comentar con pertinencia la obra de su maestro" (L.J. Austin, Correspondance de Mallarmé, VI, 203), al mismo tiempo que mantiene suficiente irreverencia y desesperanza australianas como para traducir a Verlaine en lenguaje periodístico americano, y escribir - en 1897 - una parodia de Un Coup de dés cuya frase principal es: "ME DA IGUAL EL PÚBLICO, Y ELLOS ME DEVUELVEN EL FAVOR." Es más, los trabajos serios de Brennan - comprendidas sus traducciones serias de Mallarmé - son publicados en las páginas del Bulletin, en el centro del nacionalismo literario. El Bulletin no es comparable a La Nación de Buenos Aires, pero la publicación de poesía simbolista francesa en un periódico que también imprime gozosamente fotos de aborígenes ahorcados no es ninguna anomalía: el nacionalismo australiano es de hecho muy francófilo. El mismo editor y propietario del Bulletin - bautizado John Feltham Archibald - se da los nombres "Jules François"; el escritor George Lewis Becke firma sus artículos "Louis"; el poeta Charles Withers se llama "Andrée Hayward"... Los artistas nacionalistas se dan cita en el "Café Français", en el restaurante "Paris House" y más tarde en los clubs universitarios de los "Casuals" y los "Compliqués", donde había que hablar francés. He aquí las raíces de otra serie de elementos tradicionales que podrían explicar por qué yo, por ejemplo, suelo hablar francés en Calaceite. La determinación de dicho idioma en dicho contexto tiene que referirse en primer lugar a Australia y no directamente a Francia (ni mucho menos a una supuesta francofilia). Es importante subrayar que, a finales del siglo XIX, esta predilección histórica se proyecta sobre una Francia abstracta, lejana, no conocida... sobre no más que una "otra parte" que no sea Inglaterra y que de hecho se opone a Inglaterra en la medida en que es, como la Australia nacionalista, proteccionista y de pretensiones revolucionarias. Nada de esto impide que los australianos se quejen - ya desde 1887 - de la presencia francesa en Nueva Caledonia, o, más recientemente, de la presencia nuclear de esos hijos de mala madre en el así llamado Pacífico. El papel cultural de las influencias francesas en Australia no representa nada más que eso: un papel cultural, una salida imaginaria, una manera de distanciarse del colonialismo ya conocido. Tal vez baste con escribir "Madrid" en lugar de "Londres" para descubrir la importancia de Francia para los Modernistas hispanoamericanos.

El viaje hacía otra parte - ninguna parte - ha sido una constante a lo largo del presente siglo. No hay ninguna "generación perdida" como en la historia de la literatura norteamericana; los australianos no hemos fundado ninguna comunidad artística en el exilio; algo en nuestra cultura lo impide. Tampoco hay una sola razón que sostenga los numerosos viajes y vidas que se podrían citar en búsqueda de un éxodo general. En algunos casos el factor dominante es la intolerancia australiana hacia la homosexualidad; en otros el deseo de conseguir un público mayor. Hay también motivos contradictorios: el premio nobel Patrick White, por ejemplo, producto de Cambridge, empezó su obra literaria con un estilo muy británico-colonialista antes de desarrollar una escritura y una temática indudablemente australianas; Randolph Stow, al contrario, publicó sus primeras novelas en Londres porque fueron rechazadas - justificadamente - en su propio país por ser "exotismo australiano"; ahora vive en Inglaterra y escribe novelas que no hablan de Australia, ni en escritura ni en temática, sino de la cultura de sus bisabuelos. La heterogeneidad de estos desplazamientos es tal que carece de sentido querer definir los límites de la literatura australiana contemporánea: cuando Thomas Keneally escribe sobre la Guerra Civil norteamericana, o cuando David Malouf - australiano de origen libanés - nos cuenta los últimos días de Ovido en el exilio ¿son novelas australianas? El hecho significante es que, en la crítica australiana, esta pregunta no se formula. Hace un siglo que el viaje está con nosotros.

Pero la vida no vale

Navigare necesse est; vivere non est necesse. Lo escribió el poeta australiano Brennan en su ejemplar de The Symbolist Movement in Literature, de Symons, con referencia a Nerval. Es de esas frases que no se olvidan fácilmente: más que la "nada" de la canción mejicana, la supuesta prescindibilidad de la vida desarraiga toda sustancia que se podría atribuir al "yo-aquí-ahora", al estar en lugar propio. El centro lingüístico - literario - no se traduce, es unitario, anda solo.

Desde la perspectiva de una cultura que sí ha intentado inventarse una identidad - incluso monolítica, como la del continente mismo - pero sin lograr arrogancia suficiente para la glorificación literaria de lo que son meros hechos geográficos, no debe sorprender el que no me haya propuesto desarrollar ningún elogio de la doblez internacional. Hay mucho mal en la cosa: el uno (de vidas sólo tenemos una) siempre sucede al dos, y donde hay dos, no hay certeza.

Mi querida esposa - francesa - no entiende por qué ya no quiero volver a mi país. No entiende qué podría significar vivir un lugar donde todo todavía parece realizable, pero donde uno de repente se encuentra esperando noticias de París, de Estados Unidos, de Timbuctú. Tampoco entenderá el placer secreto que me da el leer, aquí envuelto en el aire venenoso y la burocracia estranguladora de Europa, esos textos que han viajado desde mi país lejano: cuanto más tópicos, tanto más su contenido de verdad me hace llorar por todos los vanos intentos de inventarse raíces, de identificar lugar con vida, como si ésta fuera precisa y aquél unitario.

Más tarde encontré la misma frase en Pessoa, luego en Rubén Darío, en su Viaje a Nicaragua de 1909. Por cierto había una fuente común, pero no fue la del puerto hanseático de Bremen, donde la sentencia es divisa de un pueblo comerciante, ni Enrique el Navigador, de Portugal, hace unos 500 años, por razones también comerciales. No hay raíces económicas para explicar los viajes sueltos que desvelan paralelismos entre escritores que se ignoran, entre culturas separadas. La fuente común fue D'Annunzio. La red de influencias y de contactos era estrictamente literaria. Y esta red, por encima de cualquier nativismo nacional o personal, ha hecho que múltiples fuentes produzcan culturas singulares, incluso en Australia.

 


 

© Anthony Pym 2012
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